III

ndrianamanitra mby an-trano, en correcto malgacho, quiere decir: «El buen Dios está en la casa», lo cual se aplica, allá en Tananarive, cuando la luz del sol invade las habitaciones. Es una manera de expresarse poética, sencilla, religiosa, como conviene a gentes salvajes, negras, desprovistas de toda civilización.

En París, capital de la cultura, cuando llega oficialmente cornacqueada la pobre reina Ranavalo, se la llama «la negrita de la rue Pauquet», se la aloja en un «garni» de segundo orden, se la pinta como una mona, en los periódicos; lo cual no obsta para que, en la estación, al llegar su majestad hova, se haya gritado, a falta de algo mejor: «¡vive la reine!»

La reinita morena—nigra sum sed formosa—es bastante agradable y simpática; no es, ni mucho menos, una salvaje, puesto que pedalea y lee novelas francesas. Si la pensión que se la pasa no fuese tan limitada, se entregaría quizá al automovilismo. Prisionera, después de ser destronada de un modo completamente progresista, ha vivido en una villa que la sirve de jaula en Argel. Es algo en cambio de su palacio de plata, en la capital de su reino, en donde, soberana, gozaba de su libertad poderosa y de sus caprichos. La tierra de su nacimiento es de singular hermosura; y al llegar a París, no ha dejado de recordarla.

Ese país, hoy bajo la fuerza francesa, es descrito así por Pierre Mille: «Allí, dice, las tempestades mismas no obscurecen la claridad del cielo. Las estrellas no son las mismas que en Europa, y la luna es tan bella y majestuosa que los niños la llaman «abuela», queriendo significar así su respeto y su afecto por ese astro. La tierra en ese país es roja y casi sin árboles.

«Los ríos, detenidos por diques frecuentes, se extienden en los valles y favorecen así el cultivo del arroz, que rinde ciento por uno. En fin, los habitantes, siendo de origen polinesio, tienen más inocencia que virtud. Aman el amor, los niños, los cantos fáciles, y, sobre todo, la luz.»