Tenemos, por lo tanto, que hablar de todos los asuntos metafísicamente. Lo que es del «espíritu», «espíritu es», como dice el Evangelio, y lo que es de la «carne», «carne es». Tenemos, pues, que estudiar los milagros de Lourdes, desde el punto de vista espiritual, pues son un efecto material que nos admira, y para comprender su significación hay que estudiar sus causas.

Yo, como todos los que amamos la verdad, he estado durante años esperando el santo advenimiento de esa fe tan deseada, y después de muchos estudios he llegado a conseguir aquella voz del alma que Dios concede a los que buscan sinceramente. Fundando mis razones en esa verdad, en esa fe, voy a decir lo que sé sobre este singular y discutible fenómeno de los milagros de Lourdes y a poner de acuerdo a los que, como facciones opuestas todas ellas en guerra, buscan la solución y no la encuentran.

Tenemos enfrente una dificultad parecida a la del huevo de Colón. Vamos a verla. Vamos a romperla.

Según declaraciones personales del canónigo Brettes, el clero romano no quiere imponer al mundo católico la creencia en los milagros de Lourdes, y en sus palabras textuales califica de ignorante, de hombre de mala fe y de otras cosas que se abstiene de escribir, a todo aquel que se atreva a asegurar que el rebaño católico está obligado por Roma a sostener como artículo de fe que los milagros de Lourdes son auténtica obra del cielo.

M. Brettes sabe muy bien lo que está diciendo. Sus palabras son la expresión de todo el clero romano.

Este sabio e inteligente prelado añade a renglón seguido que los hombres pueden salvarse sin que sea para ello indispensable creer en los milagros de Lourdes, pero que su salvación sería más segura y fácil si creyeran. Por otra parte, monsieur Brettes cree firmemente en ellos y declara haber presenciado diez y siete curaciones milagrosas que se efectuaron entre cincuenta enfermos que él personalmente condujo en peregrinación al santo lugar de las aguas encantadas.

El que sepa leer entre renglones observará que el clero romano no se atreve a imponer la creencia en los milagros de Lourdes como dogma de la religión romana, porque en presencia de los hechos imposibles de negar, hay un vago presentimiento que les está diciendo que Lourdes puede llegar a ser su propia ruina, pues si por un lado la evidencia de los hechos los obliga a defender la existencia de los milagros, por otra parte ve y palpa que dichos milagros no tienen carácter divino; y si se niegan a reconocerlos como verdades del cielo, no por eso dejan de preconizarlos, de predicarlos y de desplegar en su honor todo el culto y respeto y pompa eclesiástica, con toda la grandeza y lujo que son capaces de ostentar cuando lo crea necesario.

El clero romano está dando al mundo el ridículo espectáculo de un pueblo arrodillado ante un rey que ellos mismos han reconocido, y que no se atreven a coronar, porque le temen. Esa misma es la actitud de M. Brettes. En su carácter de prelado romano no le es posible reconocer a Lourdes como una verdad, pero en su opinión particular se postra ante esa verdad que le es imposible negar.

Estas cosas tienen un sentido muy hondo, pues al mismo tiempo que Roma desconfía de Lourdes, las medallas, las imágenes, las reliquias y las aguas embotelladas como de Vichy o las de Huyady Janos circulan por el mundo católico recomendadas por todos los clérigos, dando con este proceder una prueba irrefutable de que sin querer dar la cara, están ellos mismos persuadidos de una verdad que no comprenden y temen reconocer abiertamente. Los milagros de Lourdes han puesto a Roma en un triste predicamento.

La ausencia completa de grandeza y majestad que se observa en ellos, los tiene perplejos, pues si es incontestable que hay curaciones milagrosas (eso no lo puede negar nadie), esos milagros no llegan nunca a la altura de dignidad y nobleza de los milagros que se relatan en los Evangelios y en el Viejo Testamento. Son de carácter interior y limitado. Imperfectos.