Monsieur Naudeau, hombre inteligente y sincero, presintiendo la verdad simple y sencilla, pregunta al canónigo de Brettes por qué no se ve nunca en Lourdes el renacimiento de un brazo o de una pierna amputada.

Si yo hubiera estado presente le hubiera preguntado a M. de Brettes por qué no se ha visto nunca en Lourdes un muerto resucitado por las aguas milagrosas.

Todo el clero romano, empezando por el papa y acabando por el sacristán, se hubiera visto imposibilitado de dar una respuesta satisfactoria.

¿Es que Dios le ha señalado un límite a la Reina de los Angeles, para producir milagros?

¿Por qué no se ven en Lourdes otros milagros sino el de la curación de enfermos?

Jesucristo resucitaba muertos, calmaba tempestades, convertía el agua en vino, andaba sobre los mares, dividía cinco panes para que comieran y se hartaran 5.000 personas.

¿Cómo es que a su Santísima Madre en Lourdes no le ha permitido curar sino a un diez por ciento de miles de enfermos que imploran la salud?

El clero romano, que sabe estas cosas, no ha establecido a Lourdes artículo de fe católica, porque no tiene mucha confianza en el autor del milagro, y tiene razón; pues si esos milagros dimanaran de la Divina Providencia, las virtudes de las aguas no estarían tan circunscriptas como se ve que están.

Los milagros verdaderos que proceden de Dios, no están limitados en manera alguna: son netos, redondos, francos, completos.