El triunfo no puede ser más completo, pues aunque el clero católico se encuentre en un gran predicamento, la existencia de Dios y del mundo espiritual está bien probada. La ciencia y el positivismo moderno han sufrido y sufren un golpe mortal con los portentos de Lourdes. Lo espiritual ha vencido a lo material.
Con la misma piedra, sin embargo, Dios ha matado dos pájaros: a la ciencia materialista, y al catolicismo romano. Ambos van a morir en Lourdes. Voy a explicar por qué y de qué manera los milagros de Lourdes van a ser el Waterloo del clero romano.
Esta vieja y venerada institución no se atreve a declarar a Lourdes como artículo de la fe romana, y al mismo tiempo se encuentra, hoy por hoy, altamente comprometida a declararse abiertamente sin reticencias ni hipocresías, puesto que atribuye los milagros a la influencia y poderes de la Purísima Concepción; hemos de ver muy pronto que Roma en su agonía reconoce oficialmente a Lourdes como milagro de la Virgen, y cuando este reconocimiento tome la forma canónica y esté sancionado por la infalibilidad, hemos de ver que las aguas pierden sus virtudes y Roma se quedará abochornada, como sucedió con el cementerio de Saint Medard, en el siglo antepasado. La ciencia positiva, por otra parte, no tiene fuerzas en lo que ha dicho hasta hoy para negar a Dios y al alma, pero les sobra con las que tiene para negar con éxito las supercherías romanas.
Las razones que expone M. de Brettes para justificar el hecho de que esos milagros se efectúen con preferencia en Francia, no están bien explicadas en su conferencia con M. Naudeau. M. de Brettes no ha querido confesar que la Francia es hoy el país más materialista de la tierra. No sentaría bien en un clérigo romano semejante declaración, puesto que Roma no desea hoy otra cosa que tener de su parte a la fille aînée de l'église a la primera de las naciones latinas, a la más rica, y a la que podría poner a su disposición capitales, ejército, escuadras y un millón de hombres, dado caso de que la Francia doblara la rodilla a su santidad. Francia sería la más preciosa perla en la tiara de los papas.
Dice M. de Brettes que la prueba de que Dios ha preferido a la Francia para esas manifestaciones, es que hay enfermos que hacen el viaje a Lourdes cinco y seis veces, y que su fe permanece. No me parece que una cosa sea consecuencia de la otra; pero, en fin, que recuerde M. de Brettes que la Francia es el país de los Enciclopedistas, de Voltaire, de Diderot; que recuerde que en Francia fusilaron a un arzobispo en los tiempos de la Comuna, y que recuerde por fin que en Francia casi no hay sino materialistas y católicos fanáticos. Que recuerde que en Francia están hoy expulsando las congregaciones, y que aunque esto no sea completamente grave para Roma, prueba muy bien de una manera o de otra que la Francia es un país con quien no pueden contar abiertamente.
Por otra parte, yo creo que si Dios permite esas maravillas en Francia no es con el objeto de proteger a Roma, sino para extinguir la incredulidad que reina en este importante país. M. de Brettes es un clérigo muy discreto en lo que dice. Lo reconozco, y admiro su talento.
Ahora bien. «Un milagro, según la explicación que da el ilustre canónigo, es un fenómeno que se produce fuera de las reglas ordinarias, por la intervención directa de la Divinidad.» Eso podría negarse por los textos sagrados; pero pasemos adelante. Continúa el canónigo diciendo que las reglas ordinarias no son las reglas que rigen en el mundo. Así es como la resurrección de un muerto (según el canónigo), es menos grande que la creación de un ser humano, y la mies del campo que se produce todos los años es un milagro mayor que el de la división de los cinco panes entre 5.000 personas.
Yo, por mi parte, creo que son tan grandes el uno como el otro, pero reconozco que M. de Brettes es un pensador y, por lo tanto, le preguntaría lo siguiente: