Esa religión querida y protegida por Dios, perdió en 1870 el poder temporal de los papas, milagro, en mi concepto, más grande que el de Lourdes; perdió anteriormente a la Inglaterra y a los países reformados; pierde su prestigio de día en día hasta el punto que la misma España, la nación más católica del mundo, quiere expulsar a sus religiosos; y sus congregaciones no saben dónde sentar el pie, pues su decadencia es manifiesta y conocida de todos. Eso sí es obra de la Divina Providencia.
¿No tiene Dios otro medio de salvarla que haciendo milagros con un diez por ciento de verdad? Si Dios quisiera restablecer la Iglesia romana en su anterior grandeza, otros medios tendría de hacerlo sin recurrir a esas cosas.
Los designios de la Providencia son otros. Más bien parece que quiere acabar con ella. En efecto, ¿Qué ha hecho el catolicismo romano en el siglo xix? ¿Qué le deben los hombres? La ruina de España. La ruina y la anarquía de las repúblicas sudamericanas. La pobreza de Italia. La decadencia actual de la Francia. Los países católicos están perdidos, pobres, ignorantes, infelices, debiles, y Roma quiere continuar dirigiendo el mundo habiendo sido un árbol que ha producido tan malos frutos.
¿Y cree Roma que Dios no ve estas cosas?
¿Cree Roma que puede continuar la adoración de huesos muertos en los tiempos presentes, y las simonías, y el comercio de almas, y la serie de iniquidades espantosas que insultan a Dios, y que cometen diariamente en el nombre de un Dios todo amor, que murió en una cruz para salvarnos?
Si yo creyera en la transmisión hereditaria de las llaves de Pedro, diría desde luego que de dos llaves entregadas a los pontífices romanos, ellos no han sabido usar sino una, y ésta es la que ha abierto las puertas del infierno y lo ha desencadenado como torrente espantoso sobre el mundo, y entre los hombres. La otra llave no han sabido usarla sino para abrirse ellos mismos las puertas de su propio cielo, que consiste en el poderío, el lujo y los deleites.
—¿Sabe usted, le dije, que habla como un clarín del Juicio final? ¿Y los milagros?
—Para comprender las cosas de procedencia espiritual hay que estudiarlas espiritualmente.
El fenómeno de Lourdes es espiritual en el fondo. Busquemos, pues, su explicación en el sentido espiritual que encierra, pues en el espíritu es donde hay que buscar las causas, y las causas no pueden conocerse estudiando los efectos; hay que proceder por el orden opuesto; buscar la causa para conocer el efecto. El hecho material que presenciamos en Lourdes, es un efecto, un hecho palpable, pero para encontrar su significación hay que buscarla en las causas que lo producen, y éstas las iremos esclareciendo poco a poco hasta que aclaremos bien lo que tenemos delante.