Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre invisible no podría entrar en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el hombre no fué creado por Dios para morir como se muere, sino para transformarse de otra manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese inicuo hijo de pecado y perdición no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo de enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia en nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y arrebatándonos antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La muerte se desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer homicida en el mundo (la de Corintios XV, 21).

Ese hombre invisible, con la astucia que lo caracteriza, se ceba también en los animales, pero no con tanto celo como en los hombres, y por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido es que los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)

La muerte tiene dominada a la humanidad por el miedo, el espanto, el terror.

La muerte vino al mundo por Caín.

El que quiera abrir una Biblia, encontrará un pequeño diálogo entre Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar a Abel.

El Eterno le dice lo siguiente:

Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no hicieres bien, el pecado está a la puerta. Y a ti estará sujeta su voluntad y tú serás su señor. (Génesis IV, 7.)

Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la voluntad del genio homicida. El pecado, pues, abre las puertas a la muerte.

Caín fué el primer homicida que hubo entre los hombres, y su espíritu ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.

Jesucristo vino al mundo precisamente para deshacer la obra de la muerte. Él no padeció jamás enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco murió de lo que llaman muerte natural, porque le mataron, y para revelarle a los hombres la gran mentira de la muerte, resucitó con su cuerpo y apareció varias veces después, delante de más de 500 personas, según el Nuevo Testamento. (la. de Corintios XV, 6.)