OS artistas—uno argentino, el señor Irurtia, otro mejicano, el señor Ramos Martínez—, me habían invitado para ir con ellos esta mañana al campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que ellos trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal y me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos luego a la Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero. Serían las seis, más o menos. El cielo estaba tranquilo y claro. Caminábamos conversando alegremente de proyectos, de luchas, de obras por hacer, de sueños por realizar. De repente, al llegar a la avenida, uno de mis amigos llama la atención:
—«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont, seguramente». Un globo, no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia el lado de Mont Rouge.
Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios, había llegado hacía dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo. Seguimos mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se produjo una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó de espanto a todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se habían detenido a ver... No; es algo tan horrible que no encuentro cómo escribirlo. La impresión penosa me dura, y el recuerdo me durará por toda la vida. El globo reventado descendió en un momento, arrastrado por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué tan rápido eso, que no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos. Oímos el ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros... El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos y yo no nos hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que pasaron varios automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A lo largo de la avenida, cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos del globo, y bajo ellos, los despedazados restos de dos bravos hombres: el pobre señor Severo, diputado brasileño, émulo de Santos Dumont, y su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban las camillas y se recogían los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos de carne y huesos deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de Vaugirard, la pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado, locos de terror, la caída...
Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos volvimos, rudamente conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré esto nunca, nunca...
Este pobre señor Severo, brasileño como Santos Dumont, había venido a París con el objeto de encontrar gloria, gloria y provecho, superando a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con buenos ojos el aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel joven aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia y mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que el Congreso del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero es el caso que él también estaba poseído por el demonio del invento, y unía a su carácter tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según dicen los entendidos, eran conocimientos prácticos en la navegación aérea, pues no había subido en globo a pesar de sus estudios teóricos, sino dos o tres veces, lo cual hace más temeraria la tentativa que le ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga lista de los devorados por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la fuerza secreta de la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos designios desconocidos se oponen a la conquista del universo, al humani generis potentiam et imperium in rerum, de Bacón. Después de que muchos han caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil constancias y paciencias, un día llega en que alguien logra dar un paso adelante, entrar un poco en el campo ambicionado. Enorme es el martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el ejército silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen las construcciones, explotan los laboratorios, muelen las máquinas, envenenan los gases, fulminan las fuerzas eléctricas, emponzoñan los microbios, y los consagrados a hacer adelantar la felicidad y el progreso humanos siguen en su labor ardua y paciente.
En la lucha con los elementos, el aire resiste, misterioso y traidor. Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del antiguo Icaro; muchos los imprudentes y osados.