Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso pintado en que representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva. Juzgo que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la irremediable catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que los tenía aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su hijo Icaro; pero éste no escuchó los consejos prudentes de su padre y fué precipitado en el Egeo. Así, los Icaros modernos deben tener siempre fijo el significado del mito griego.
El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué víctima del fuego; al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y al otro el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en una sangrienta masa, supera en su horror al poético descenso del personaje legendario a las aguas de un mar armonioso. Severo era fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su barquilla papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde el Pax». Su entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre en los verdaderos sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble impaciencia de victoria. Pensaba construir después de su primer triunfo un gran globo que se llamaría Jesús, y con el cual atravesaría el Océano. Soñaba en la paz humana, en la conquista de tranquilidad del mundo por la ciencia y por la virtud cristiana. La casualidad, que es misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo llamado Pax cayese con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el globo Jesús quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable brasileño.
No se arredran los que tienen la fiebre del descubrimiento. No les atemoriza la terrible lección de un antecesor que fracasa en un drama espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y lo que es peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres no aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre muchos, a Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier, a Renard y Krebs, a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.
Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles de los elementos. Los dioses del aire, de la tierra, del fuego, son seres a quienes hay que hacer sacrificios y no ofender en sus distintos reinos. La iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia que obedece a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día señalado, conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada paso el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor asientan más y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para alcanzar esas victorias, ¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!
¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más atrayente, más grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción aérea dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado actual de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre los hombres; pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en ello mucho en que soñar, y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de una graciosa imaginación con ese tema.
Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer ya en su poder las riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el águila o el cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y realizar una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo oculto se manifiesta contra el hombre invasor que se atreve a rasgar el velo de lo misterioso.
Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air
Fétide, consumant la pensée et la chair
De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles
Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.