Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido en el penoso y largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los Edisson, desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos Icaros.

—¿Qué hará usted ahora?—han preguntado a Santos Dumont después del trágico suceso de la Avenue du Maine.

—Recomenzar—contestó.

Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a aumentar la lista de los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los héroes y a los sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?

El elemento que pasa por la naturaleza entera y al cual llamamos vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice Emerson. Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo—la cosa prevista por Dios—, es tan fuerte, que, así el mundo entero hubiese jurado lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no llega en mil años, llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros deseos o apetitos, guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí gobernados por una presidencia superior.

Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la fatalidad del bien es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que sabe adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.

Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con que ha tanto tiempo brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los trofeos ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la fantasía, acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne y hueso y el maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge un hijo de la tierra americana, que representa la antigua estirpe y que quizá sea el señalado por la suerte para el logro definitivo.

Es de notarse que es el nuevo continente quien da hoy esos nombres a la gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que le posee, son lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la América toda. O para decir mejor, de la humanidad.