LIBRO CUARTO
I
NA sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el lawntenis. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro pintor copia rincones pintorescos. Abro mi diario y recorro sus columnas: la nueva ley sobre el servicio militar; una endemoniada en un convento; detalles sobre la catástrofe de la Martinica; todavía los Humbert... Llegan a mis oídos los acentos de una música militar. Por una almeada un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos estudiantes que discuten. Oigo la palabra laico... He ahí las dos fuerzas que hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta de Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis las calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la bravura y la esperanza de vuestros veinte años?—Vamos a la humanidad, a la verdad, a la justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo porvenir, no todos siguen el mismo rumbo. Hay la juventud atada a las tradiciones y prejuicios, y la juventud violenta de deseo, llena de ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la felicidad humana. Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los trasnochadores de la taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos que siguen una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y día, dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad. Hay los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria, voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con los ojos bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del pensamiento y se abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados de voluntad. No creo mucho en las exageraciones de cierta juventud laica, que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto egoísmo so pretexto de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser laico, dice Lavisse, no es limitar al horizonte visible el pensamiento humano, ni prohibir al hombre el ensueño, y la perpetua rebusca de Dios; es reinvindicar para la vida presente el esfuerzo del deber. No es querer violentar, no es despreciar las conciencias aún detenidas en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las religiones que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es odiar tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el espíritu de odio que sopla de las religiones, y que ha sido causa de tantas violencias, carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir en la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano delante de lo incomprensible; es no afiliarse a ninguna ignorancia. Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, rechazar la definición de la tierra «valle de lágrimas», no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no esperar en un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de consolar a los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de la justicia. Ser laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el amor a los hombres; la esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor de que un día vendrá, en la posteridad lejana, en que se realizarán los ensueños de justicia, de paz y de felicidad que, mirando al cielo, acariciaban los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras, escuchadas del labio del sabio maestro, me parecen simplemente una interpretación moderna de la antigua idea cristiana. Y no encuentro la razón de ser del anticristianismo que en estos momentos se manifiesta en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de verdad, de justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en el estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde hace tiempo el anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención, y lo que ve surgir de cuando en cuando, en una noche cada vez más obscura, son manifestaciones medioevales, apariciones de retroceso, odios sectarios, nacionalismo odioso, antisemitismo ferozmente arcaico, el elogio de las matanzas de religión, el despertamiento de las Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales rencores que hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la ciudad de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco a poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las otras partes la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los descendientes de la Revolución no han dejado, no dejan de proseguir su campaña, alentados por unos cuantos maestros. Ellos buscan que la educación política se emprenda sobre bases sólidas para que luego mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto, dicen, es hacer la educación republicana de las jóvenes generaciones de nuestro país. Su profesión de fe filosófica, política, social y artística, está concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.