Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio, la «unión de la cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la anarquía moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los Dogmas, en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los muros de la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren en su ingrato oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se mira combatido por los que, como el marqués de Rochefort, abanderado del Estado Mayor, atacan de todas guisas la idea del militarismo. «Ah, voilà assez longtemps qu'on nous embête avec l'honneur militaire!» grita ese furioso viejo gamin. Drumont predica el patriotismo, al propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra «una caverna, un lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría compararse a los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una carta resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la patria, una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros vencedores no son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros hemos sido feroces con nuestros vencidos, y que «il faut absolument en finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que, bajo la república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla, y que el Estado Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de ganapanes». Edmond Lepelletier demuestra que los jefes del ejército comienzan ya a ser escogidos entre los antiguos alumnos de las casas religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier
Avec une grâce parfaite,
Votre sabre a garde d'acier;
Mais je songe à notre défaite.
Cette pelisse de drap fin
Dessine à ravir votre taille;
Vous êtes charmant, mais enfin
Nous avons perdu la bataille,
On lit votre intrépidité