Dans vos yeux noirs aux sourcils minces

Aucun mal d'être bien ganté!

Mais on nous a pris deux provinces.

Vos soldats sont-ils vos enfants?

Etes-vous leur chef et leur père?

Je veux le croire et me défends

D'un doute qui me désespère.

Lemaître declara que las promociones se hacen en el ejército entre los «flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de Freycinet, senador y tres veces ministro de la Guerra, afirma que hoy la vida del soldado más bien merma que aumenta su valor moral. M. Jules Delafosse, diputado conservador, asegura que con el servicio militar obligatorio y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las epidemias mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes devastadoras, como los incendios y las inundaciones». Y esto lo escuchan los jóvenes espíritus que han cantado la Marsellesa y que piensan en futuros ataques a la integridad de la patria. Otros piensan en otra patria mayor, en los intereses universales, en la solidaridad de los hombres. No admiten la divisa romana en el concepto romano de la patria: Tu regere imperio populos, Romane, Memento, y oyen palabras que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos que se respete la patria, porque allí vemos una expresión, una de las manifestaciones más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por los límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene que ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La patria se constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres que quieren vivir bajo un régimen político y social que han libremente creado o adoptado. Se cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas para conquistar ese estado social, por la fraternidad de los campos de batalla, de la sangre vertida y también por las aspiraciones comunes y por los intereses comunes. El peligro está, indudablemente, bien señalado, y contra él van los franceses de buena voluntad, jóvenes y viejos. Los sueños libertarios por bellos que sean, no dejan de estar muy lejanos. Los hombres de lo pasado, los representantes de las viejas ideas, se diría que son los únicos que tienen valor, energía, voluntad.

Ellos defienden bravamente su terreno conquistado desde tantos siglos, y no se dejarán destruir, armados como están de todas armas, y con un vigor que no demuestran los contrarios.

A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso está el Museo. Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto de nuestro ser. Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y las hostilidades, mientras los portavoces de las pasiones violentas y malignas agotan sus terribles diccionarios, mientras se gastan en campañas miserables, i en trabajos de destrucción y de rencor fuerzas que podrían ser empleadas en bien de la comunidad, en provecho de la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus laboratorios sus investigaciones; unos cuantos pensadores se afanan en la solución de más de un problema benéfico; unos cuantos artistas se aislan en su obra diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra durable. Y hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de altos fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si ese pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro debajo del brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos es que los salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier y donjuanes de la terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana que viene a París, buena parte encara los grandes problemas y consagra a la observación y a los libros sus mejores horas. No toda viene a bailar y beber.