Esto no está tomado del «acta» de ningún mártir, no está en la Leyenda Dorada ni en los Bollandistas: está en los periódicos. Todo el mundo ha podido leerlo. Muchos se han encogido de hombros, y han creído que esos dos casos son simplemente casos clínicos. Esos dos soldados que toman al pie de la letra los mandamientos de Jesucristo no son irresponsables, puesto que han sido condenados... y son ciertamente significativos.

La aristocracia francesa y la alta burguesía no son anticristianos. Es la república la que—y esto no siempre—ha sido hostil a las creencias nacionales. Y aun en la república no ha habido gobiernos antirreligiosos, sino ministerios antirreligiosos. La Revolución ha sido, según el P. Delaporte, «este acto de felonía de la Francia oficial para con el Hombre-Dios.»

Este activo sacerdote lleva a un plan decisivo su concepción de la salud de la patria. «Dos perspectivas se ofrecen a nosotros: una, la de la vuelta de las naciones a la aceptación de la soberanía de Dios; otra, la de la potencia que se disfraza con nombres diversos: revolución, ciencia, estado laico, soberanía del sufragio universal. Lo que hay que hacer es restablecer el orden verdadero. El orden verdadero es la preeminencia de la sociedad religiosa, la sola absolutamente esencial.»

Es el lenguaje de un bravo sectario. «¡Leed, releed el Evangelio!—dicen otros.—El Evangelio está descuidado aún en los colegios de enseñanza religiosa, en los seminarios; hay que volver a él y dejarse guiar por él.» Así lo ha hecho M. François Coppée; y el otro día le he visto, por el jardín del Luxemburgo, muy contento y rejuvenecido... Antes, uno de los personajes de su drama Pour la couronne, certifica el bien de tales fuentes:

—Qui t'a rendu si bon?

Ma mére et l'Evangile.

El evangelismo no está ausente en la literatura contemporánea más en boga. ¿Quién diría que un tan fino inmoralista como Paul Bourget lo predica discretamente? Cristo ha sido y continúa siendo una preocupación de los intelectuales y de los socialistas, así se le considere como un simple cartel, como dice Severini con demasiado oratorio irrespeto: «El tribuno pálido, clavado, como el primer affiche socialista, sobre el madero del Gólgota.» Jules Guesde declaraba en una sesión del Congreso, la del 19 de Febrero de 1794: «Estamos obligados a dejar constancia de que hay en esta asamblea, al menos un miembro, el abate Lemire, que representa el Evangelio del Cristo, ante el cual se inclinan hoy los socialistas». Los anarquistas mismos, si cuentan con elegantes blasfemos como M. Tailhad, tienen poetas que no desdeñan nombrar al Divino Libertario en versos como éstos:

Puisque le Christ, le sang, les pleurs

Tyrans! no'ont pu former vos cœurs

Aux sentiments de la Colombe: