Gare la bombe!

Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen presentar muestras de literatura fervorosa, a propósito de los oradores sagrados. Los conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados como apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte y el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros cuantos severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en piedad, y fe verdaderas una plegaria del Verlaine de Sagesse.

A través de los últimos salones se ha visto también el arte preocupado de religiosidad. Después de las grandes «machines» de Munckassy, nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea en marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M. Carolus Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su pasión en tiempos de Semana Santa.

Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894, hacía notar M. Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia cristiana; los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso, reproducen escenas de la vida moderna.

Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir ese movimiento en el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los escépticos se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y corresponde evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento religioso son numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido darme cuenta de la impresión producida, y he escuchado a menudo las observaciones hechas. Rara vez he oído reir; raramente he visto burlarse. Es un signo del tiempo, que deben tomar en cuenta los que quieren gobernar el país.» Hay que apartar del movimiento religioso las comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el preciosísimo decorativo de un misticismo literario completamente superficial. Mas los casos de recogimiento, las victorias morales como la de Huysmans, son, sí, de atraer al observador. La Samaritana de M. Rostand frecuenta demasiado la calle de la Paix, como la María Magdalena de M. Massenet; pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en tales monasterios de París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el verdadero canto de la música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas angélicas como en los versos de Schiller:

Sie flœten so süs,

Wie Stimmen der Engel im Paradies...

La provincia está llena de religiosidad, desde la clara Provenza hasta la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el talento que distingue al conde Austin de Croze, no son completamente imparciales. M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no debe ser confundida con la obra de una política que tiene muy poco de evangélica. La Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores comprometedores de los sectarios y de las campañas ruidosas de un clero harto combatido.

Suelo penetrar en los templos—Saint Severin, Notre Dame, Saint Eustache—lejos de la devoción elegante y ostentosa—, y allí veo, siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio, haciendo una cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se hace, y menos en París,—orando.