Entre toda la producción argentina, pongo por caso, de hace unos veintitantos años, tan solamente los nombres de Andrade, Guido Spano, y luego Obligado y Oyuela, se impusieron a la atención de las repúblicas hermanas. Hoy la obra de un Lugones adquiere proporciones continentales; mas no se ignoran, en el Sur ni en el Centro de América, ni en las Antillas, los esfuerzos o la obra realizada de otros artistas de la palabra, de otros hombres de pensamiento, ni la constante virtud de entusiasmo que anima a los consagrados de la juventud. Hay mayor intercambio de ideas. Se comunican los propósitos y las aspiraciones. Se cambian los estímulos. Hay muchas simpatías trocadas y muchas cartas. Los imbéciles no evitan el afirmar: sociedad de elogios mutuos. No se hace caso a los imbéciles. Los libros y las cartas se siguen trocando. No otra cosa se hacía en latín, entre los sabios humanistas del Renacimiento.

Entre los escritores que desde hace algún tiempo se han dado a conocer está Tulio M. Cestero, originario de la República dominicana. Es joven; cursa la vida intensa y la gracia del arte. Su florecimiento en Santo Domingo no es sino propio de un país que ha dado a las bellas letras hispanoamericanas, desde pasadas épocas, figuras de gran valer. Por Menéndez Pelayo conocemos algo del período colonial, en que se ufana gentilmente aquel popular Meso Mónica, de tan fino y autóctono ingenio. La cesión a Francia, por el Tratado de Basilea, y la ocupación por los haitinianos, durante veintidós años, de la parte española de la isla, produjeron la emigración a Venezuela y Cuba de gran número de familias principales, gloriosas en los líricos y literarios anales; de ahí los Rojas venezolanos, los Heredia, a que pertenecieron los dos José María, y cuya casa solariega existía, según tengo entendido, en la capital dominicana, hasta hace algunos años, frente al cuartel edificado en el reinado de Carlos III; y los Delmonte, de Cuba. Después de la proclamación de la república en 1844, las personalidades eminentes, en las letras, no han sido pocas. Allá en la época romántica hay un Félix Delmonte, no privado del don de armonía, como su amiga y preferida la alondra. Apartándose un tanto de la influencia europea, Nicolás Ureña ameniza el paisaje y las costumbres. Un varón de alma compleja y de vigor verbal, Meriño, es a un mismo tiempo jefe del estado y de la iglesia. Luego surge Emiliano Tejera, escritor, investigador, que escribió su célebre folleto aclarando la verdad sobre los restos de Colón y sosteniendo que son los que están en Santo Domingo. Aparecen el historiador García, el polemista Mariano Cestero; y el que es considerado como el primero en su patria, el novelista Galván. Una musa es justamente famosa, Salomé Ureña, vigorosa y pindárica, sin perder la gracia y el encanto de su alma femenina. Pérez, modernizado en los últimos años, cantó castizamente las leyendas y sufrimientos de los indios quisqueyanos. Billini, presidente, no desdeña ni los dones apolíneos ni los atractivos de la novela. Por todos los géneros espiga el talento de un Henríquez y Carvajal. Penzón vuelve la vista al pasado y busca la tradición y el tema legendario. Más recientemente aparecen Gastón Deligne, poeta, que hoy se siente atraído por nuestro movimiento reformador; Rafael Deligne, poeta, crítico y dramaturgo; Pellerano, que se distingue por amante del color y de la vida locales; Fabio Fiallo, espíritu nobilísimo y elevado, que en su «Primavera sentimental», celebrada por Díaz Rodríguez, inició sus delicadezas ideológicas y su culto de la hermosura exquisita. Un hombre potente, de rasgos geniales, combativo y dominador del verbo, Deschamps. Américo Lugo, docto y elegante, perito en cosas y leyes de amor y galantería; el poeta Aibar; los hermanos Henríquez Ureña, de los cuales Max ha escrito páginas de crítica que yo prefiero y guardo con alto aprecio. Osvaldo Bazil, gallardo y generoso, en lo florido de su juventud, hoy en Cuba, bajo la advocación divina de la Lira. Ya véis que hay sus motivos para que Tulio Cestero haya nacido en esa isla fecunda y solar que fué deleite de los ojos del iluminado y profético Navegante.

Cestero es un espíritu inquieto ante la vida, nacido para los esfuerzos y las bregas. Este lírico de la prosa, cuya cultura es completamente europea, ha tenido que desarrollar sus energías de carácter y de intelecto en un medio hostil a las dedicaciones al puro arte. Él sabe, por propia experiencia, lo que son revoluciones, pronunciamientos. Ha andado con su fusil, o su sable, por los montes patrios, entre fieras, víboras, guerreando por su caudillo o por su presidente. Conoce las excursiones por los bosques y los movimientos de las guerrillas. Alma gentil, escribe su «Jardín de los sueños», mas tiene un admirable y práctico sentido de la realidad. Si se le ocurre, escribirá lindamente a una mujer: «Bella, sé piadosa, y convierte tus ojos milagrosos al alma-océano de aguas muertas y profundas—del amante prosternado que arrancará a las entrañas de la tierra avara el oro virgen para el anillo de tus bodas». Y, si se le ocurre, mandará fusilar en las maniguas al coronel criollo sublevado. Soles y vientos de aquellas latitudes le han amacizado el cuerpo y el alma. Ello no es un inconveniente para que haya labrado finas páginas en libros suaves. El poema en prosa después de la acción, la lírica después de la estrategia, o antes. El bregador que existe en él ha publicado también páginas de campaña en que el estilo se revela apto también a ejercicios de músculo y a maneras de fortaleza. Yo le veo vagar por la montaña. Si encuentra flores, formará un ramo para la primera gallarda moza que le cautive. Si no, desgajará un árbol para encender fuego y hacer su barbacoa con el primer venado que alcance su carabina. Algo de Gastibelza, si gustáis, de un Gastibelza de tierra ardiente, a quien si su doña Sabina y el aire de la montaña le vuelven loco, le hacen decir bellos decires de amor y de combate.

Hace tiempo leí sus «Notas y escorzos», capítulos de crítica literaria; sus impresiones de viaje «Por el Cibao», de las que casi nada recuerdo. Su «Del Amor», es obra de despertamiento, de pasión exuberante, de juventud y de savia temprana. Mas su folleto político «Una campaña», publicado en 1903, llamó grandemente mi atención por el modo robusto de narrar, amena y bizarramente, sucesos que no han tenido en la América nuestra sino señaladas plumas de valor que los traten. Hemos sido célebres por nuestras revoluciones, y Europa no conoce aún el libro que bellamente e intensamente diga tanta cosa extraordinaria, terrible y pintoresca, porque ese libro no se ha escrito todavía.

En «El jardín de los sueños» este autor está seducido por el esteticismo, y muestra una viva preocupación del estilo. Hay sutileza, escritura «artista», prosa galante, paisajes al «claire de lune», relentes románticos e influencias simbolistas. Se advierte el amor de las gracias plásticas, de ritmo, de la concreción de la expresión noble. Sus lecturas son de la más reciente literatura; y cuando creéis encontrar una reminiscencia de Laforgue, pasa el soplo d’annunziano. Hay ideas, plasticidad y música «avant toute chose». Al madrigalizar, eleva los asuntos, poetiza el medio, se transporta a otras épocas más bellas, o dora, con el oro de la ilusión o de la fantasía, el tema inmediato. Veo sobre todo a un poeta, al parecer, en ocasiones, sentimental, y en ocasiones impasible en la labor de orfebrería que prefiere. Después viaja. Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas. «Navegar es necesario; vivir no es necesario». Navega, pues, para venir a esta Europa que todos ansiamos conocer. La moderna literatura nuestra está llena de viajeros. Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o verso, sus impresiones de peregrino o de turista. Se pasa, como Robert de Montesquiou, «del ensueño al recuerdo.» Como todo está dicho, en lo que se refiere a lo contenido en ciudades y museos, no queda sino la sensación personal, que siempre es nueva, con tal de apartar la obsesión de autores preferidos y la imposición de páginas magistrales que triunfan en la memoria. Es esto difícil, antes de que la tranquilidad de la vida reflexiva llegue. Cestero, en sus narraciones de viaje, se aparta dichosamente de los escollos del bedekerismo y de los peligros de la obra recordada. Esto no quita que no le acompañen el recuerdo de espíritus amados en sus periplos. Mas noto que los viajes en él, las frecuentaciones diplomáticas y los contactos de París, han marchitado un tanto la frescura franca de las floraciones de antaño. Parece que el entusiasmo, sal del arte, no está en él con la abundancia de los pasados días.

Yo no le pido una fe señalada, pero sí una fe. En verdad, el paulatino conocimiento de las asperezas del mundo crea los peores escepticismos; para librarse de esto sirve tan solamente la voluntad, la elevación de la conciencia, la virtud de un ideal. Si ha de poner Europa sobre esa amable psique el peso de un materialismo que le impida el vuelo, quédese el artista y el combatiente haciendo sabrosas prosas y nuevas revoluciones en el país dominicano. Y si ha de perder, Dios no lo quiera, su original nobleza de espíritu, su respeto y adoración por la sinceridad, su pasión por lo sagrado del arte, si ha de aprovechar los dones divinos en el daño y en la mentira, si ha de mirar el misterio demiúrgico de la palabra como arma de malhechor o como útil de saltimbanqui, si ha de abandonar lo que, privilegio singular, trajo desde el materno vientre por la volición suprema, la pureza y la dignidad mentales, la única razón moral de existir—que en la primera revuelta en que lo tome el general contrario, sin formación de causa, le fusile. Mas si no, suya será la gloria.

UN POETA PORTUGUÉS EN LA INDIA