GRADEZCO muy de veras a Alberto Osorio de Castro el envío de su volumen de poesías A cinza dos Mirtos, porque en el volumen hay lindos versos y porque esos versos vienen desde Nova Goa, en la India portuguesa. Me complace tener un lírico amigo y un comprendedor en aquellas tierras fabulosas. Ya en otra ocasión he dicho lo que un poeta gana, a mi entender, con emular a Simbad; y lo que, ante mi gusto, ganó, pongo por caso, el autor de El alma japonesa con haber ido al Japón. Mas, yo iré mañana al Japón o a la India, si La Nación me envía, o si deseos me vienen de entenderme con la agencia Cook. El asunto es vivir en uno de tantos países exóticos la vida de esos países, y penetrar en sus almas, y entender sus palabras y sus ritos, para luego contar o cantar cosas bizarras, extrañas, peregrinas, como Lafcadio Hearn, Paúl Claudel o Alberto Osorio de Castro.

Aunque este último ha amado y soñado en Portugal, en donde florecieron sus mirtos, y aunque en su vergel antiguo fué encendida la pasional hoguera, es en Oriente en donde clama a la mujer amada:

Volta a cinza que guarda outro fogo de amor.

Allá en las regiones lejanas en donde habita recordará las nieves de antaño. Recordará que «en Coimbra, en el Jardín, una dulce mañana de fin de invierno fino y claro, Ella y su Hermana, pasaban para la misa ideal de las Ursulinas.

Um arco iris desmaiava em Santa Clara,
Um mais roseo perfume espargiam as rosas,
Uma fonte cantava, as rôlas ja cantavam,
E logo presenti que a primavera entrava
Com as roseas Irmãs eguaes e harmoniosas,
Rosas roseas a face, alvor de rosa as saias,
A deixarem um rastro em flor no ar e o chão...
Todo o sangue subiu aos ramos nas olaias.
Todo meu sangue me floriu no coração.

Yo me imagino que en su existencia en los exóticos reinos de antiguas leyendas y teogonías, pasará el poeta horas prosaicas a causa de las invasiones civilizadoras. Las caravanas de las agencias turísticas le perturbarán en sus recogimientos, y quizá algún cargo administrativo aplane en cotidianas tareas idealizadas colinas de encantamiento. Mas todo esto, por la virtud voluntaria, puede ponerse como una subvida «a côté», dado que la única vida es aquella que nuestra voluntad declara y que nuestro espíritu reconoce, contra todas las dificultades de la circunstancia. Y en todo poeta hay un terrible o dulce filósofo.

Las citas y los epígrafes indican las lecturas y las predilecciones de Osorio de Castro. Es un «moderno» y un aristócrata. Considera con justeza que la facultad de pensar humanamente es el sumo poder del ser humano,—humanamente y divinamente; y que por algo el cerebro corona el edificio, bajo la redondez de su cúpula.

Mas penetremos en la hermosa colonia de poesía.

*
* *

Al eco de la música d’annunziana—«Nel plenilunio di calendimaggio»—se comunica con el mundo de las hadas.