Mab, a Rainha Fada côr de jade,
Dá beija-mão a sua côrte em festa.
Veem Fadas dos Montes, da Floresta,
Veem das Grutas de oiro e claridade.
Por los labios de Mab se expresan la Ilusión, el Amor, la Esperanza. Y la mujer surge en su gracia y omnipotencia carnal. Después exóticas figuras pasan, como la amorosa chiquinha cuya faz de encanto japonés se entrevé. Chiquinha, que tiene «la gracia de la mujer de nuestra sangre y la gracia de la exótica sangre». En las tristezas de la tarde es un desvanecimiento de íntimas «saudades». Se esfuma la ronda de las horas. Suena la canción del agua:
Aguas serenas e ligeiras
Passae de leve para o mar.
Aguas novinhas e palreiras
Ponde-vos todas a cantar.
¿Hay en el rimador un creyente? ¿Su paganismo termina en un anhelo de mortalidad cristiana? Más bien se ve un lejano resplandor de fe en los comienzos de la juventud. «¡Viña de inmortalidad, dame tu vino de luz eterna! ¡Ah, que «saudade» de la dulce creencia en Jesús, en mi infancia de sueño! Era para mí el mundo misterioso jardín. Y no el abismo horrible que veo ante mí ahora. Viña de inmortalidad, dame el fruto de la verdad y el vino de la eterna aurora». Anatole France le seduce con su Thaïs de Alejandría. Uno como sentimiento barresiano, basado en un decir de la antología griega, le hace preguntar a los muertos el secreto de las agitaciones de la vida. En un sueño de delicias amorosas, momentos de pasión: «Claro día de aquella primavera extinta, y por siempre refloreciendo en el sueño de lo pasado... Aguamarina de sus ojos, lindo reir de luz que enamoraba y era un vino hechizado!» Hay una linda balada que tiene un perfume de jardines lejanos:
Pallidas rosas de Chimbel,
Coitadas d’ellas, a murchar,
Sem que a sua alma o aroma e o mel
As abelhas vão procurar.
E’ uma agonia bem cruel
Longe do sol desabrochar.
Pallidas rosas de Chimbel,
Coitadas d’ellas a murchar.
Lá fóra o sol sobre o vergel
Põe toda em flor a terra e o ar
E ellas a beira do marnel
Estão ás grades a scismar
Pallidas rosas de Chimbel.
Él ha frecuentado todos los vergeles de poesía que han deleitado al mundo. En todo el imperio de la mujer se define y provoca lo que antaño se llamaba la inspiración. Para la musicalización verbal de su sueño, o de sus fantasías, de sus idealizaciones o de sus ímpetus cordiales, el poeta emplea las clásicas maneras, o se deja seducir por las sabias libertades que han invadido las métricas de todas las lenguas. Hay composiciones absolutamente normales, las hay de un aire parnasiano, las hay modernísimas. Mas el tono general obedece sin duda alguna a las influencias del pasado movimiento simbolista. ¿Qué poeta de estos últimos tiempos no ha sentido en todas partes esas influencias?
La obra de Osorio de Castro, cuando se complica de exotismo, de ese exotismo vivido de quien como él habita ha largo tiempo aquel continente misterioso, adquiere singular personalidad.
Cantó Camoens sus endechas para una bárbara esclava, y aquí encontramos renovado aquel son de lira. Es en loor siempre de la hembra ardiente y amorosa que concentra en sí la llama de su sol y de su cielo, e íntimas y misteriosas llamas.