que se guió por la huella del carro de la Aurora.

¡Atalanta, alma mía!

¡Alma mía, Atalanta!

Es allí donde eternamente canta

su noche un ruiseñor, una alondra su día.

Hay un jardín y en el jardín hay una

fuente donde se abrevan

pavorreales del Sol y cisnes de la Luna.

Limoneros fragantes sus azahares nievan

y regula las horas una invisible lira.