hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:
Beauty truth and varity
grace in and simplicity
here enclosed in cinders lie.
Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto, no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.
La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë, meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul.
En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga. Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo, es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,—según sus editados,—y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado, que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro pastoral» es su mejor hoja de servicios.
Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos
Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce
Butineront un miel français.
Y con Racine exclama:
Je me suis applaudi, quand je me suis connu...