Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse...
Et les songes épars des contes, vont sans cesse
Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.
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La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las lejanías del Eclesiastés:
¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres!
¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue», bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire alegres y frívolos motivos.
Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.
«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones, músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.
Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»
Un detalle:
L’éclat falot de la bougie agonise
A l’infini, dans les glaces de Venise.
¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga del alma.