... et leurs petits souliers
Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.

Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una sensación de pesadilla.

Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído todos los libros...

En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval:

Crains dans le mur un regard qui t’epie,

es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto.

Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la España soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde reina la Desolación.

La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice.

El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores de voluptuosidad:

La haute coupe, d’un metal diamanté
Où se profilent de lascives silhouettes,
A l’attirance d’un miroir aux alouettes,
Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour
Criant la grande soif qui nous brûle la bouche,
Jusqu’à l’heure de la communion farouche
Où chacun boit dans le metal diamanté
La Science: qu’il n’est au monde volupté
Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice,
Pour que s’immortalice un merveilleux supplice.