Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se revela exquisito artista del verso y poeta encantador.
Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad, «cerca de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y perfumes cargados de languideces infinitas.»
C’était le chant suave et mortel des sirenes,
Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs,
Les bras en lyre et les regards fascinateurs,
Dans les râles du vent diviniment sereines.
Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa.
Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso del Pie de chivo, y su flauta de carrizos:
¿Te souvient-il de notre extase ancienne?
Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado. Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou»,
¡Tant et tout! que les tremolos
Eussent la gaîté des sanglots.
En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un refugio: el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un clamor de resurrección.
Pour devenir enfin celui que tu recèles,
Et qui pourrait périr avant d’avoir été
Sous le poids d’une trop charnelle humanité,
¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes.