«Soy yo, el alma tuya,
Que esta forma tomé, para, volando,
Recorrer distantes, luminosos países,
Cuyos prodigios mil y mil encantos
Vendré a contarte en las serenas noches...»
Entonces, el ruiseñor batió las alas;
Pero nunca más volvió a su dueña
Que por volverle a ver se desespera,
Sufriendo tanto que llorosa juzga
Haber tenido quizá dos almas,
Porque, huyendo la una, no sentiría
Tales penas, si no le quedase otra.
Apágase el día...
He aquí que al nacer la luna
Entre las aves que vuelven a sus nidos
A la esbelta monja se acerca un ruiseñor
Mirándola y remirándola, hasta que rompe
En un argentino cantar:
«¿No me conoces?
Soy yo, tu alma... ten paciencia
Si de ti me he apartado por tanto tiempo.
¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía,
Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas
Traigo que contarte...»
La paz de la noche
Se aterciopela por los tranquilos prados;
Y entonces la monja que en transporte lánguido
Parece oir allí celestes coros,
A la linda monja cuyos ojos mansos
Se van cerrando en mística voluptuosidad,
El airoso ruiseñor cuenta los viajes
Que hizo por las estrellas diamantinas...
¡Oh! ¡qué dulce cantar! Cantar tan lindo
Que el sol nació, subió, y en fin hundióse,
Sin que la monja en su curso reparase
Toda abstraída al oir el divino canto...
¡Y el canto no termina! Y la luna blanca
De nuevo surge en el aire, de nuevo expira,
Nuevamente el sol brilla y palidece,
Y siempre el canto encanta a la monja.
El canto celestial la va llevando
Por divinos jardines maravillosos
Donde los pálidos ángeles sonrientes,
Con aéreos vestidos de perfumes,
Andan curando heridas mariposas.
Llévala el canto por la vía láctea,
Donde hay floresta, blancas, todas blancas,
Y donde en lagos de leche pasan cisnes
Arrastrando de los serafines extáticos
Las barcas de cristal llenas de lirios...
¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta
Maravillas, prodigios, esplendores...
Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña...
Sin comer ni dormir, días y días...
Muere por fin el otoño, llega el invierno,
Cae nieve, el frío corta, mas la monja
Sólo oye al ruiseñor... y nada siente...