Muere el invierno, llega la primavera,
Retorna el verano y pasan meses,
Pasan años, ciclones, tempestades,
¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta...
Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña...
¡Oh, qué delicia aquella! ¡Qué delicia!

De sus compañeras queda apenas
El frío polvo en las frías sepulturas,
Y el fuego destruyó todo el convento
—¡Y sin embargo, la monja no sabe nada!
Oyendo al ruiseñor no vió el incendio
Ni los dobles oyó que anunciaran
De las otras monjas la distante muerte...

Nuevos años se extinguen...

Una guerra
Tuvo lugar allí, muy cerca de ella,
Que nada oyó ni vió, escuchando el canto:
Ni el funesto estridor de las granadas,
Ni los suspiros vanos de los moribundos,
Ni la sangre que a sus pies iba corriendo...

¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló!
De los argentinos plátanos a la sombra
La monja despertó, suavemente
Y murió, como un niño que se duerme,
Mientras el ruiseñor volaba, ledo,
Para el país que tanto le deslumbrara...

El ruiseñor había cantado trescientos años...

Si no habéis podido juzgar de la melodía original del verso, de seguro os habrá complacido esa deliciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis encontrar que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el monje de la leyenda; pero confesaréis que ambos pájaros paradisíacos cantan unánimes con igual divina gracia.

Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio de Castro, «Belkiss», traducida ya a varios idiomas y celebrada como una verdadera obra maestra.

Léese en el «Libro de los Reyes», en la parte del reinado de Salomón: «Et ingressa Jerusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis portantibus aromata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretiosas, venit ad regem Salomonen, et locuta est ei universa quæ habebat in corde suo.» Y más adelante: «Rex autem Salomon, dedit reginæ Saba omnia quæ voluit et petivit ab eo; exceptis his, quæ ultro obtulerat ei numere regio. Quæ reserva est, et abiit in terram suam cum servis suis.» Es esa reina de Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descendencia se gloria el negus Menelik, la Belkiss arábiga. Al solo nombrar a la reina de Saba sentiréis como un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis en vuestra imaginación un espectáculo suntuoso de poderío oriental; tiendas regias, camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescentes con flabeles de plumas de pavos-reales; piedras preciosas y telas de incomparable riqueza. ¡Y bien! Eugenio de Castro ha evocado mágicamente la misteriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decoraciones, imperiosa de amor, simbólica víctima de una fatalidad irreductible.

Es un poema dialogado, en prosa martillada por un Flaubert nervioso y soñador, y en donde la reminiscencia de Mæterlink queda inundada en un torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía musical, cálida y vibrante. Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueológica nos llevan a recodar ciertas páginas, de «Herodias» o de la «Tentación de San Antonio.» Belkiss en sus suntuosos triunfos, habrá de padecer después el ineludible dolor. Para que David nazca ella pasará sobre la experiencia y sabiduría de Jophesamin, su mentor o ayo; y sentirá primero la tempestad de amor en su sexo y en su corazón; y hará el viaje a Jerusalem, entre prodigios y misterios, y sentirá por fin el beso del adorado rey, y temblará cuando contemple bajo sus pies las azucenas sangrientas.