Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,
Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?
Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,
Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!
Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami
Te montre, en vision, cette tombe embrasée
Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,
Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.
Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,
Et sur ton front brillait une lueur si douce,
Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!
Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,
Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu
Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.

Ved la opinión del poeta de Les Humbles: «Cuando el padre y la madre de Antonine Coullet me mostraron los versos de su niña y me dijeron que la authoress tenía diez años, quedé estupefacto, como quedarán todos los lectores. Pero a mi encantada sorpresa sucedió en seguida un sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en el pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un rostro melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no ha aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su ortografía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado intacta la ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita. Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario los ha hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un rosal da sus flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda, reminiscencias, palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que, ciertamente, no comprende. Pero probadlos esos versos por la lectura en alta voz, como se prueba la calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y reconoceréis que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, llenos de imágenes, en donde se estremece también muy a menudo una sensación verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal precocidad. La palabra «vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me viene espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don poético de esta niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus primeras sonatas. Ese hombre de genio principió también como niño-prodigio. Ante esta mignonne Antonine pienso en el pequeño Wolfang, sentado al piano.»

Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. Ante un caso semejante al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que recordar que los niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las promesas de su infancia. Los demasiado amados de los dioses mueren brutos... todos hemos visto a esos maravillosos compañeros de colegio que dejan asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más peligrosa aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de pensar... El record de la precocidad femenina creo que lo ha ganado cierta niñita que, con motivo de una enquête, envió a una gran revista mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os confío a vos esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me atrevería a decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si no tienes más que doce años!» ¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no se puede ser razonable a los doce años y adorar u ocuparse de un hogar y de sus hijos? La edad no tiene nada que ver con el asunto; y tengo en mi familia una tía de setenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego de los caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el petit Noël, ni en las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me dejara ponerme en menage, y... comprar niños, se haría mucho mejor que obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán apreciarla. Es un caso que hace pensar en la posibilidad de la transmigración de las almas... Es un caso de teratología psíquica.

He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la hermana del gran Blas. Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental, y deleitó con sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo también algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza. «Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de son esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout», dice en su biografía Mme. Perrier. La petite Pascal publicó, como la petite Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba lo mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y comprar hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline, por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran, puesto que compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse après ses poupées». Se buscan en los primeros intentos las primeras revelaciones del alma. Le dió la viruela y quedó horrible. Digna hermana de su profundo hermano, sufrió con paciencia. Doce años tenía cuando desempeñaba, a pesar de su cara picada, un papel en el Amour tyrannique, de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, que decía de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de grand». Luego se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor composición sobre la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que con Corneille.

Entre los grandes nombres femeninos de la historia no es la precocidad un común distintivo; sin embargo, para saber en su tiempo lo que una Oliva Sabuco de Nantes, hay que haber sido un prodigio de estudio y de comprensión desde muy tierna edad. En Santa Teresa todo es más intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay ejemplos admirables. Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de quien el canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A los once, conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua un tratado de mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil voces escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el alemán. Como Cornelia Piscopia era un «oráculo settilingue». De Brosses, que la conoció, escribía a su amigo el presidente Bonhier en una carta estos párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo darle noticia, mi querido presidente, de una especie de fenómeno literario de que acabo de ser testigo, y que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que el Duomo de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se me ha hecho entrar en un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta personas de todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita Agnesi sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos han traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen augurio. No esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con esa señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido hacer una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa jovencita una bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el mundo. Ella le ha contestado muy bien; después de lo cual se han puesto a disputar en la misma lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen algunas. Ella ha hablado como un ángel sobre estas materias; yo nada he oído sobre eso que me haya satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó que disertara lo mismo con ella sobre el asunto que quisiese, con tal que fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto al ver que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un hermoso cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo con que el alma puede ser impresionada por los objetos corporales, y cómo éstos se comunican con los órganos del cerebro; y en seguida sobre la emanación de la luz y sobre los calores primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre las propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he comprendido nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para contestarle en latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de recordar en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre los cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la filosofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una persona de su edad comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho que me haya asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua que seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y corrección. Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y la conversación se hizo general. Cada persona hablaba con ella en su lengua propia.»

Ya se ve que ésta supera a todas nuestras cultilatiniparlas de la actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas marisabidillas, y aun a nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el caso de Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional, obra cuyo título es: Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici d’ogni secolo, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos de 250 poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio, prosista, autora de versos, traductora de Terencio. «Doctissiman fœminam Terentianis versionibus celebrem; et comico opere Italicorum excellentissime»—; dice de ella el entusiasta Barbieri. Eran, sin duda, tiempos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, flirt y otras disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin ridículo se le permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.

A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscutible humorista, se pudo leer en Londres, en el siglo antepasado, el anuncio teatral siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y de Enrique VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que ha desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la precocidad toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de Montesquiou, al contrario, cuenta de una su amiguita y pariente, niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas singulares. Si el caso particular es verdaderamente raro—dice—, el hecho no lo es en sí. «La infancia es poeta»—ha dicho Mme. Valmore—. Y Víctor Hugo ha escrito estos versos, que son una noble explicación del precoz milagro:

Il est, ou ne sait quel nuages de figures
Que les enfants, jadis vénérés des augures,
Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
Ce petit voit peut-être un œil étinceler...

La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido exacto de su etimología in spirat, y sopla en el virginal y delicado instrumento como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es a menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños contienen ese infandum que nos hace estremecer como algo de no humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no se encuentra sino en algunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña poetisa no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en apariencia—y en realidad—de toda preocupación literaria. De repente se verificaba el prodigio.

Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa chiquilla de la nobleza francesa—hoy ya crecidita y bella como un astro—. Estos, en prosa, que parecen sacados de antología china: