Lo que sí se advierte en el primer momento es que la manera de pensar y de escribir ha cambiado. La liberación de la intelectualidad es un hecho, y más que la europeización, la universalización del alma española. En mi «España contemporánea» he hablado del movimiento mental que por la influencia del simbolismo francés transformó las letras hispano-americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a España, y dió nueva vida a las letras españolas. Se acabaron el encantamiento, la sujeción a la ley de lo antiguo académico, la vitola, el patrón que antaño uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer versos de determinada manera, a lo Fray Luis de León, a lo Zorrilla, o a lo Campoamor, o a lo Núñez de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la libre manifestación de las ideas, el vuelo poético sin trabas, se impusieron. Y eso trajo una floración nueva y desconocida. Y el nivel de los espíritus subió. Hasta hace pocos años, apartando al gran Zorrilla, los poetas castellanos estaban en segundo o tercer término entre los de Europa. Ahora, entre los poetas jóvenes de España, los hay que pueden parangonarse con los de cualquier Parnaso del mundo. La calidad es ya otra, gracias a la cultura importada, a la puerta abierta en la vieja muralla feudal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas.

Antonio Machado es quizá el más intenso de todos. La música de su verso va en su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es la de un filósofo estóico. Sabe decir sus ensueños en frases hondas. Se interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo sobre la tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo inmenso, neroniano y diogenesco. Tiene la admiración de la aristocracia intelectual. Algunos críticos han visto en él un continuador de la tradición castiza, de la tradición lírica nacional. A mí me parece, al contrario, uno de los más cosmopolitas, uno de los más generales, por lo mismo que lo considero uno de los más humanos.

Su hermano Manuel, que ha permanecido en París durante varios años, es muy diferente. Este es fino, ágil y exquisito. Nutrido de la más flamante savia francesa sus versos parecen escritos en francés, y desde luego puedo asegurar que son pensados en francés. Es en muchas de sus poesías—por ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco—un verleniano de la más legítima procedencia. Con los elementos fonéticos del castellano ha llegado a hacer lo que en francés no han logrado muchos seguidores del prodigioso Fauno. Sus «arietas» son perfectas. En cuanto a sus resurrecciones de viejos metros y sus tentativas de versolibrismo, indican un gran virtuoso y un artista de la palabra.

Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta asturiano, pero que es castellano, pero que es cosmopolita; joven, luego rico en primavera, luego sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador de la libertad, luego soñador. D. Ramón Pérez de Ayala tiene un nombre que trasciende a líricas vejeces, a pergaminos venerandos, a flores secas halladas en un breviario de arcipreste enamorado de las musas. D. Ramón Pérez de Ayala es un poeta absolutamente del siglo XX, con igual educación estética que nuestros mejores poetas hispano-americanos actuales, y con una hermosa independencia de espíritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la manera más sencillamente posible. Mas hay que advertir que la sencillez es en este caso lo más dificultoso. Ahora todos queremos ser sencillos... Todos nos comemos nuestro cordero al asador después que lo hemos tenido encintado en el hameau de Versalles. El Sr. Pérez de Ayala se expresa a veces con reminiscencias clásicas, arando en el antiguo y fecundo campo con los apacibles bueyes de Berceo y de Juan Ruiz; y su arado, de modernísima fábrica, hiere la tierra con igual virtud que los venerables y rudos hierros viejos. He leído «La paz del sendero», manifestación primigenia de esta fragante alma. Tiene el autor demasiado talento para que sonríamos ante la premura de un dolor fatal apenas entrevisto. Desde esos primaverales años clama una voz de hondo y meditabundo poeta, animado por el infuso saber, amargo don del destino.

Con sayal de amarguras, de la vida romero,
Topé tras luenga andanza con la paz del sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba.
Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba,
Morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
Vertía en el crepúsculo olores celestiales.
Veíanse blancos brotes de silvestres rosales,
Y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila iba besando el son
Al canto del jilguero, mi pobre corazón
Sintió como una lluvia buena de la emoción;
Entonces a mi vera vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
Y este ganado era por seis vacas formado;
Lucidas todas ellas, de pelo colorado,
Y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón:—Dios guarde al señor forastero.
—Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero
Rapaz.—Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero.
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.