Sentí en la misma entraña algo que fenecía.
Y quedó dulcemente otro algo que nacía.
En la paz del sendero se anegó el alma mía.
Y de emoción no osé llorar. Atardecía.

Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta fragante alma en su más amable estación. Es una primavera sentimental color de otoño. Hay después sensaciones rurales y familiares que tan solamente pueden compararse a las de Francis Jammes. Son de una modernidad intensa, y en su manera clara y en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que complica en nuestro espíritu el acendrado cultivo mental. ¡Cuán extraordinario es encontrar en las almas nuevas de todos los puntos del mundo la alegría! Pérez de Ayala no es una excepción. De la tristeza principesca e hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la casi rústica de «La paz del sendero», no hay gran diferencia. Es una diferencia de decoración, de ambiente, de música. El sutil veneno es el mismo. Hay amor, naturalmente; amor de verdad, a la antigua, amor de clair-de-lune y de adoración romántica. Lo sexual no tiene gran importancia cuando la primera ilusión llega con sus manos llenas de jazmines. Cuando el poeta de los «Jardines lejanos» ve que sus princesas de ilusión tienen blancos y rosados senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha hablado al oído.

He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de Ayala, de abolengo literario que obliga, es en la generación a que pertenece de los poetas que piensan. Las nuevas influencias que han transformado la poesía castellana han traído con la renovación de la forma un grande amor a las ideas. Un escritor de gran valer y de extrañas violencias, el Sr. Unamuno, se enreda en eso de las ideas, desdeña las ideas, sin ver que ellas son nuestra única manifestación, el único fruto que da constancia de la existencia del árbol humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía, y el sabio no halló sino una gran verdad con lo de «pienso, luego soy». Pensemos, pues, y que el sentir no se excluya, pues el sentimiento mismo se produce en nuestra máquina cerebral. El palacio de Psique está entre las paredes del cráneo, allí donde Cajal y compañeros van encontrando desconocido en la mina misma de los pensamientos.

Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos, prendados de nobleza, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces «con pensamientos nuevos hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus «sonetos» se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.

Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jiménez, he dicho en otra ocasión lo que pensaba. Hablaba yo de su don musical. Decía de él...: «lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha aprendido a ser él mismo—être soi même—, y dice su alma en versos sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así, en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente,

Convalescente di squisitti mali...

pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida».

Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de todas las formas, seguidor de todas las maneras, hasta que se encontró él mismo, si es que se ha encontrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su mundo interior de modo que, ciertamente, seduce y encanta. También es cierto que ha sufrido mucho, y que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro Maestro el Dolor.

En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado desde hace algún tiempo y ha producido ya los mejores frutos. No puede negarse que hoy impera una influencia extranjera, cosmopolita, pero principalmente francesa e italiana. Mejor dicho, d’annunziana. (Villaespesa, Pujol—un joven poeta que comienza con los mejores bríos, muy sentimental, muy musical, muy elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que ha expresado sus quereres y soñares con modos refinados, dando a veces un tono menor que traduce sus prematuras melancolías contagiosamente.)

No dejan de encontrarse—sobre todo, en los sujetos a las ordenanzas académicas—gestos pasados, libreas mentales, poesías «a la manera de...», o a l’instar, como se diría en París. Mas los que imperan son los otros.