Para la Bretaña negra, entristecida y ruda, ahí está monsieur Cottet, que cada año presenta una página de su obra bretona, con las asperezas de color, el realismo, y quizás una vaga preocupación de primitivismo, que le distinguen. La de ahora, Femmes de Plogaitel, aunque inferior á la «Noche de San Juan», está llena de vida; en un paisaje regional, cinco figuras bien estudiadas, expresan el alma de la composición.

Al lado de Collet, Simón manifiesta la tristeza tradicional y la devoción dolorosa de la raza con sus Bretons a la messe. Ambos pintores son de los que toman el arte en su verdadera transcendencia, y procuran realizar su concepción de lo bello pictórico, según sus maneras de pensar, sin sujeción á los caprichos de la crítica y de la moda.

He aquí uno de los envíos que atrae más curiosos: Cherubin de Mozart, de M. Jacques Blanche. Es un cuadro gracioso y literario, tan literario como que el Querubín de Mozart es la Berenicie de Maurice Barres, cuyo retrato está al lado, para dar testimonio.

Muy inglés, muy aristocrático, muy barresiano, el cuadro de M. Blanche tiene por qué atraer, además de su preciosísimo pictórico, á la muchedumbre elegante. El retrato del predicador de la cultura del yo, muy significativo y bien interpretado, es un buen dato iconográfico para los futuros historiadores del egotismo á fines del siglo xix y del nacionalismo á fines del xx.

Seguiré señalando los clous. Ahí está el ultraselecto Boldini, con dos retratos que son dos bouquets impregnados de parisina, el de la princesa de Hohenlohe y el de Mme. L ... En ambos la gama blanca predomina, estallando en uno de ellos un ramillete de rosas que adorna el busto fino y erguido.

Las figuras se dirían torturadas de elegancia; el dibujo afina los rasgos hasta la fuga; el torbellino del color se junta á la exasperación nerviosa, y cada tipo de mujer hace pensar en admirables y supergalantes receptáculos de placer moderno, de agudas sensaciones, de seducción serpentina y de «más allá de la decadencia». Agregad á la exagerada ligereza parisiense la más punzante y cálida intención italiana, y no es esta pintura de Boldini, pintura de virtuoso, ejecución de prestidigitador de la paleta, bueno para cantado en las rimas rebuscadas y raras de un Montesquieu-Fezensac, quien, por otra parte, creo que le ha cantado ya: Boldini, Paganini, dirá después Jean Lorrain.

Y he aquí otro «clavo»: M. Jean Lorrain por de la Gángara. Es una obra de arte de artificialidad; es un retrato compuesto á la manera de los retratos literarios de ese famoso cultivador de literatura fuera de natural. Todos los desequilibrios del snobismo, todos los viciosos por moda, todos los falsos Phocas, todos los simuladores del pseudotalento, todas las viejas arpías del casino y todos los estetas rezagados del tiempo de Dorian Gray, se quedarán largo rato ante la imagen del novelista del Vicio Errante. Es una maravilla de pose. Es el no más allá de la vanidad literaturesca, el acabóse de la presunción en la rareza ... Es un buen documento.

Del gran Whistler, maestro que ha influído grandemente en la pintura de su tiempo, y cuya pérdida reciente ha sido justamente lamentada en todos los círculos intelectuales del mundo, hay varios cuadros. Aun revuela, encantando con su fulgor póstumo en este ambiente, la psique misteriosa del alto artista, el caprichoso, sutil y vago papillon. Lo principal es un retrato de dama, plata y rosa, hecho con la suprema distinción y la maestría reconocida en quien pudo reunir la mayor sobriedad y discreción á la más potente fantasía y dón de ensueño.

Otro clou son las telas expuestas por el español Anglada. ¡Bravo y simpático artista! Suelo encontrarle por el lado de Montmartre, con sus ojos penetrantes y su grandísima barba negra, serio, pensativo. ¡Quién diría al verle, que estuviese poseído de la locura del color, así como el gran Hokusai—y no es poca la comparación—estaba poseído por la locura del dibujo! Anglada ha presentado varias telas, en que aquella locura se agita, clama, se publica. Mas en esa cosa inusitada y de una increíble audacia, hay una estupenda sabiduría de paleta. Yo no sé, si como otros que se creen emancipados de todo, este revolucionario no sabe dibujar; se creería esto al ver las esqueléticas piernas de alguna de sus parisienses nocturnas, y tales ó cuales rasgos de un qué-se-me-da-á-mí asombroso; mas la riqueza de sus tubos, la destreza y luminosidad de sus pinceles son tales, que desde luego hay que afirmar que uno se encuentra ante las genialidades de un artista de excepción, de un carácter lleno de dotes singulares y de brío. C’est en héros effarouché, como yo me he detenido delante de esos delirios de fuegos de colores, de esas visiones semifantásticas, semimacabras ... Y, sin embargo, ¡eso existe, puesto que él lo ve! Mas esto no piensa la mayoría de los visitantes que, al pasar ante Verlinsaut, la «Gitana de las granadas» y las otras creaciones fosforescentes, nocturnas, ó detonantes, unos se encogen de hombros, otros ríen, decididamente convencidos de que eso es muy divertido, y otros se enojan, arrugan el entrecejo, protestan en voz alta: C’est honteux!... C’est affreux!... C’est fou!... C’est horrible!

Quizás Anglada modere un tanto su agitador y alucinante whim, y, aprovechando lo que de admirable y de encantador hay en su talento y en su procedimiento, brinde á los amantes de las hermosas creaciones pictóricas, nuevas sinfonías, dulcificadas con un poco de razón y otro poco de mesura. Por lo demás, ¿quién, aun entre los más escandalizados, podrá negar que se está en presencia de un maravilloso colorista, de un dominador del iris, de un vencedor de la luz?