En donde se quedan por largo rato los artistas, los conocedores de lo bello discreto, de lo bello amable, de lo bello ensoñador, los adoradores de la poesía pintada, es ante los cuadros de Santiago Rusiñol. Poesía de los «jardines de España», poesía de los arrayanes y de los cipreses; poesía de los solitarios y viejos y melancólicos rincones llenos de la nobleza desvanecida de antiguas edades; poesía de los almendros en flor en el campo verde cerca del mar azul, en las luminosas Baleares; patio de los naranjos, con las notas de oro, en el obscuro ramaje; blancas barcas; melancolía del valle en la ternura de la tarde, y la maravilla solar anotada en pautas delicadas. Baste decir que en las telas de este poeta, hay el mismo charme profundo y aristocrático que en sus prosas poémicas.
La Princesa Matilde, de Bernard, detiene á los curiosos del alto mundo y á los amigos de la pintura brillante y graciosa, y otro retrato de este artista hay que afirma una vez más sus victorias de color y sus excelencias de plasticidad y vivacidad.
Las evocaciones brumosas de Carrière reciben, como es de costumbre, en cada envío, los ditirambos de los unos y los dicterios de los otros. Es un artista, fuera de discusiones de técnica, cuya manera personal, comprensiva y honda, traspasa los límites de la simple pintura. Hay más filosofía y más poesía de la que el curioso visitante se imagina en cada una de las obras de ese excelente.
Mucho ha llamado la atención de todos el retrato de lord Ribblesdale, por Sargent. Es, en efecto, una de las pocas obras maestras que hay en la innumerable copia de telas que existe en el Grand-Palais. Tiene todas las buenas condiciones que han hecho triunfar, sobre todo, como retratista, al autor de la Carmencita del Luxembourg: color, dibujo, expresión, carácter, alma. Le han criticado algunos el que la estatura del tipo retratado tenga una cabeza más de lo natural, y esta crítica me parece sobradamente injusta. Desde luego no hay sino un recurso para aumentar la significación, para ayudar al sentido característico; y después, ese recurso ha sido empleado por muchos maestros de la Pintura y especialistas del retrato, en todas las épocas. Watteau tiene de esos personajes alargados intencionalmente; y el soberano Van Dyck ha dejado muchos en su galería de nobles personajes. Más de una cabeza hay, por cierto, en la estatura del conde de Carlisle, cuadro que es propiedad del vizconde Cobham; en el del vizconde de Grandisson, propiedad de Jacob Herzog, de Viena; en el de la marquesa Adorno-Brignole-Sale, propiedad del duque de Abercon, en Londres; en los retratos de lord George Digby y del duque de Bedford, propiedad del conde de Spencer, en Althorp; en el de los jóvenes lores Jhon y Bernard Stuart, que tiene en Cobham Hall el conde de Darnley. No es, pues, tan gran pecado el cometido por Sargent al caracterizar según tan ilustres tradiciones á su aristócrata retratado, y si peca, peca en magnífica y gloriosa compañía.
De los consagrados oficiales, el presidente de este Salón, Carolus Durán, tiene tres telas que nada agregan á su fama. Un retrato de la señora Gould, marquesa de Castellane, muy bien trabajado, muy bien decorado, muy bien sentado, muy para el mundo en que la dama vive; otro retrato de los niños del conde y condesa de Castellane, nietos del archimillonario yanqui, y que revelan futuros sportsmen y un Vieil Espagnol marchand d’éponges, figura muy estudiada y bien asida. Solamente ese viejo español parece una figura de gheto, ese viejo español es un judío viejo. Sería fácil corregir: «Viejo judío español» ...
Cuadro decorativo y de efecto, Deuil, por M. Agache, cuya explosión de color se advierte desde que se entra á la sala en que está. M. Dinet, con notables cualidades plásticas, trata un asunto miliunanochesco, las Filles de Djeun’s se jouant dans l’eau; la demasiada realidad que se nota en esta página de fantasía reduce las visiones de cuento á agradables casos teratológicos. No se puede menos que celebrar, una vez más, las marinas de Mesdag, quien siente hondamente el mar, en calma ó en tempestad, fosco ó amable. Es el maestro de quien ha dicho con razón Romualdo Paulini: Mesdag non ci rivela que quello che vede; ripetendo lo stesso motivo egli e riuscito ad ottenere in tutta sincera potenza la trasparenza di quelle acque sconvolte che veramente non sono paragonabili a nostri mari, pur quando sieno agitati dalle tempeste. D’altra parte egli non ha solo dipinto il mare influriato; ma l’ha ritratto negli aspetti piú vaghi del tramonto calmo e dell’alba d’oro; ma di preferenza lo ama tragico e sconvolto. Aquí hay ahora una marina de esas borrascosas en que se siente el viento y el respiro del agua ensombrecida.
El Louis XVI et Parméntier dans la plaine des Sablons de M. Gervex es una página que ganaría en su reducción, y semejante á las odas de antaño á la invención de la vacuna, ó á la gloria de los cereales; la Mamme qui se peigne, de Tournés, recuerda una tela de nuestro amigo Schiaffino; las Bruleuses d’herbes, de M. Perret, hacen ver que este pintor ha visto demasiado á Millet.
L’homme Dieu, de M. Delville, hace el efecto de una agrandada é iluminada estampa de Gustave Doré. Un interior de Caro-Delvaille, que ha comprado el Estado, es muy celebrado por la fineza del dibujo, y la suavidad de tonos y el ambiente en que «viven» las cinco figuras que animan la escena.
No habían de faltar, como las Bretañas, las Venecias, entre las cuales una de M. Smith y otra de M. Le Gout-Gérard. De un gusto voluntariamente arcaico el plafón de M. Anquetin, no seduce, á pesar de su colorido fastuoso. L’Etreinte, de M. La Touche, y el Nocturne, de M. Szekely, representan un mismo asunto, en diferente medio y con distinto procedimiento tratado. Allá es el abrazo de amor en pleno lujo, aquí es el abrazo de amor, el beso de dos pobres, en plena pobreza, bajo el cielo de la noche, en un puente, mientras, á lo lejos, se ve el resplandor de las iluminaciones de la ciudad. Es un poco du Jean Rictus.
La falange de los imitadores, como todos los años, es crecida. Los que hacen Puvis y los que hacen Bouguereau, los que hacen J. P. Laurens y hasta los que hacen Carrière. Estos, sobre todo, son abominables. No hay que nombrarlos siquiera.