Entre los desnudos, atrae uno de M. Caro-Delvaille, Eté; una mujer tendida en su lecho, rosada sobre las blancuras de las ropas, y ante una mesa llena de flores y de frutas. Por el tipo de la dama—la cual es demasiado espesa para Estío—al cuadro convenía mejor haberle llamado Otoño; un otoño italiano, como podría testificarlo la botella de Chianti que aparece en primer término.

Nada tiene de pintura de moda, ni habla de la última estética el cuadro de M. Herter, Les heureux. Eclécticamente declaro que, como otras cosas complicadas y bellas, esto, natural y bello, me encanta. Me encanta, porque da la completa ilusión de la vida, de la carne, de la respiración, de la buena y sana animalidad humana. Así como hay estatuarios que son pintores, este pintor es estatuario; sus dos figuras se animan y salen fuera de la tela, dando la impresión á maravilla. Confieso que prefiero este arte al de algunos exagerados puntillistas, ó más bien confettistas, que hay aquí al lado, y cuyas obras no convencen á la admiración ni al aplauso.

Llama la atención por su asunto exótico y raro, por sus cualidades de pintoresco y de color, y por la observación de detalle, el cuadro de M. Richon-Brunet, L’éxode. El pintor, á quien debe ser familiar la campaña chilena, expresa una tribu de araucanos en viaje. Podría tal vez tachársele cierta teatralidad de las figuras, mas la obra es de mérito indiscutible.

Como animalista, se distingue M. Cauvelaert; como suntuoso y elegante, Mr. Bunay, que une á cierto prestigio antiguo un excelente modernismo; como colorista y realista en sus retratos, M. Paulsen.

Un vivaz y plausible cuadro de Willette, que habría celebrado Hugo, es Gavroche en la barricada. El macabro Enterrement du carnaval á Barcelone, de Graner Arrufi, es una nota española que no vale, por cierto lo que la de Larroque-Echevarría, Le chanteur populaire, en la que ambiente, estudio de tipos y composición, revelan un gran talento que sigue las mejores tradiciones artísticas de su país, sin dejar de ser personal.

Le Sidaner, el de la pintura maeterlinkiana, deja hoy sus interiores, sus canales, sus jardines tristes, y nos da un trozo de París. Se reconoce en seguida, por su sabido procedimiento de vaguedad y de bruma, su melancolía inevitable en todo tema que trate, su misterioso vapor de las cosas.

Siempre había que celebrar á M. Aman Jean, cuando presenta tan deliciosas figuras femeninas, como las dos que son el alma de su cuadro la Confidence. Hay en este panneau decorativo ciertas deficiencias de dibujo; pero el poema triunfa por su suavidad musical, por la elegancia entristecida, por la distinción melancólica de esa escena íntima, por la gracia lánguida y discreta de esa pintura á la sordina.

Hay buena cantidad de desnudos, unos antiestéticos, otros perversos y sin mira artística propiamente dicha, otros demasiado académicos, y otros abominablemente manchados por el ultraimpresionismo, como los de M. Denis, que, por otra parte, tiene muchísimo mérito y talento.

En los desnudos, el que más atrae por la audacia de un detalle que no se nota á la simple vista, es el de M. Georges Bertrand, Foas Vitae, fragmento de un cuadro, composición dedicada á la Beauté. M. G. Bertrand es un pagano, un plástico, un fuerte colorista, y un comprensivo del amor sin el pecado.

Hay un inmenso cuadro, la Bretagne mystique, que representa una procesión de marinos; es un vasto paisaje de mucha labor y estudio, que servirá para decorar la escalera del museo de Nantes.