En la Fille des faunes, M. La Touche sirve un gran plato carnal pimentado, con desdoro de la antigüedad, que no halla qué hacer en un ambiente extraño á las concepciones primitivas.
M. Jean Beraud representa La nuit en una mujer bella, envuelta en un manto de singular manera, y en un fondo crepuscular. Diríase la fotografía iluminada de una chilena.
Y hay más y más cuadros, grandes y chicos, que sería imposible señalar.
Et tout le reste est ... peinture.
En la Escultura hay poca cosa que se pueda aplaudir sin reservas. Gracias á Rodin y á Constantin Meunier se sale de lo común y bonito. Se ve mucha cosa de vitrina, tentativas de policromía. M. Dejean se empeña en dejar para el futuro tanagras modernísimas, muñequitas de París, no sin talento parisiense. Mme. de Frumerie tiene una agrupación de trabajos de finura, flexibilidad y gracia. M. Froment-Meurice, que lleva un nombre de bastante peso, no ha encontrado asunto mejor que una patada de burra: Anesse ruan ... El Mommsen de Lobach es una buena testa, y la Sphinx, de Glicensteim, una simbólica y bella creación en piedra de Bardello, digna de todo elogio. Este mismo escultor, que reside en Italia, expone un busto de D’Annunzio y otro de una hermana del poeta, á menos que no sea hija suya. Hay también notable un busto de vieja, del poeta artista meridional Valére Bérnard, gloria de Marsella.
Mas todo eso está dominado por la central y monumental figura del Pensador de Rodin. Es una osadía, dicen algunos, el llamar así una obra, existiendo Il Penseroso.
No es creíble que Rodin, que tiene un talento genial, se presente candidato á la inmortalidad con el objeto de desbancar á Miguel Angel. Hay su bizarría, hasta cierto punto plausible, en interpretar el mismo tema miguelangelesco de la tumba de los Médicis, á su manera, que, por otra parte, tiene algo del formidable Buonarrotti; pero los más entusiastas reconocerán que ni el Pensador vale Il Penseroso, con ser una obra excelente de estatuaria, ni Rodin pesa aún en la balanza del mundo y del arte eterno lo que el coloso italiano.
Alabanzas son dadas á la nueva figura del poema de bronce que Constantin Meunier hace tiempo viene plasmando á la gloria y al sufrimiento del trabajo, representado en los tristes obreros de las minas, cuyos aspectos de fatal resignación, de pesadumbre en lucha con la dura Naturaleza, con la áspera materia, ha interpretado en máscaras de un trágico que llega á lo sublime en lo humano. Meunier es belga. Es el hermano de Rodin. La fama comienza á acariciarle, y no ha tenido, como el francés, que luchar con la muchedumbre au front de taureau.
Un escritor que piensa alto y dice vibrante, exclama: «Un enervamiento enfermizo agita el pulgar de los modeladores; quieren gustar, y para las decadencias ese deseo no se realiza sin prostituir la forma. Se desprende de la producción contemporánea sin sensualidad exagerada, ó bien el artista se complace en una imitación sin crítica y casi maquinal. Esos son los efectos de un individualismo anárquico y los frutos de una enseñanza negativa que obliga al discípulo á sacar todo de sí mismo, aun lo que no contiene en sí.»
Á Meunier y Rodin no alcanza el anatema. Ellos sacan de su mina personal su propio oro, su propio bronce, sin olvidar las lecciones de los maravillosos antecesores, de los gloriosos pasados maestros que son el orgullo de las artes humanas.