Mas es innegable que el sentido del arte noble se pierde, que nuestra época, á pesar de los que viven á sus anchas y predican las excelencias de su mediocridad, no es una época artística; que otras ideas han cambiado los ideales de belleza de las generaciones, y que el utilitarismo, el mammonismo, por un lado, y el socialismo y el clericalismo por otro, han dado mucho y están para dar por completo á todos los diablos, sentimiento aristocrático de lo bello, entusiasmo por la superioridad del genio, admiración sincera, y el orgullo divino de las alas.

La ausencia de representantes del arte hispano-americano en ambos Salones de este año es notoria y lamentable. Nunca ha habido menos. En el de la Société Nationale des Beaux Arts, hubo uno sólo. En el de los Artistes Français, entre pintores y escultores, suman nueve. C’est maigre. En cambio, la falange de norteamericanos crece cada vez más. Porque sucede esta inaudita cosa que nunca me cansaré de repetir, nosotros, los que nos regodeamos de latinidad y de la Loba y de la herencia griega, nos preocupamos malhadadamente de nuestros artistas; y los yanquis, los de Porcópolis, los prácticos, los trausters, los bárbaros, protegen, ayudan prácticamente á sus artistas. Así puede verse que van logrando en el terreno estético lo que se han propuesto: tienen pintores y escultores, ma foi, que nosotros no tenemos, salvo excepciones contadísimas.

El artista hispano-americano que viene á París, viene siempre con una lamentable pensión de su Gobierno, pues son muy raros, extraordinariamente raros, los púgiles, los luchadores de fuertes hombros y bravos puños, que vengan á bregar en pleno París, contando únicamente con sus propias fuerzas, con su solo cerebro.

Los pensionados de los gobiernos suelen no ser los más talentosos de su tierra, y cuando vuelven no llevan adelantada gran cosa. Y los de talento verdadero viven mala y trabajosamente con el escaso sueldo que casi se les va en modelos y en las modestas cremerías del barrio Latino. Y acontece que, cuando menos piensa un joven de esos, con su porvenir casi asegurado, con su labor de estudio al terminar, se ve abandonado por la luminosa ocurrencia de un Gobierno que no cree de gran importancia el progreso artístico de su país. De esos hay quienes se quedan aquí, en una triste struggle-for-life, dándose á labores industriales, vendiendo su producción á la diabla, cuando logran que se la compren, y destrozados de desesperanza ante la imposibilidad de domar la suerte y de conquistar el halago de París, que es la gloria del mundo. Otros ... ¿Recordáis que hace algunos años, entre los pintores hispano-americanos de cuyas obras me ocupé, había uno de quien publicó La Nación el retrato, el cual pintor expuso en el Salón en que yo os informaba, una cabeza de Cristo? Tenía el apellido del Libertador, se llamaba Domingo Bolívar. Estaba en París, lleno de desencanto y de tristeza, á pesar de su buen humor y de su buen talento. Aquella cabeza de Cristo fué lo último que expuso en París. Él no creía ya ni en París ni en Cristo ... Se fué á los Estados Unidos, en donde contaba con excelentes relaciones. Había hecho el retrato del general Lower, que fué gobernador de Cuba, y el de otros personajes. Yo le di una carta para el Sr. García Mérou, quien lo acogió noble y cariñosamente. Mas, Bolívar iba enfermo de París, en donde, pobreza y desilusión le mordieron el alma. Y en Nueva York, hace poco, hizo el gran viaje ... con cianuro de potasio.

Y como ese vencido, muchos otros, pensionados por gobiernos de nuestras repúblicas. Los dichosos son los pensionados por los norteamericanos. No por el Gobierno, sino por los Mecenas anglosajones, que hay muchos. Ya en otra ocasión he nombrado á Mrs. Phoebe A. Hearst, la millonaria madre del propietario y director del New York Journal. Esta dama, que tiene varios pensionados de su país en Europa, envió por su buena gracia á París á un artista mejicano, Alfredo Ramos Martínez, sin más condiciones que estudiar y producir. Lo sostuvo cinco años. Y luego, la yanqui, le dijo: «Le voy á quitar la pensión. Ya usted está hecho; ya ha sido aceptado en los Salones y vende sus cuadros. Ahora, no se mueva de París. Luche. Venza. Complétese usted.» Y el artista se quedó, luchó. Y hasta entonces, sólo hasta entonces, el Gobierno de su país, gracias á la iniciativa del ilustre Justo Sierra, le decretó una pensión. ¿Qué rico de Centro, ó de Sur-América, tendría el bello gesto de la millonaria de los Estados Unidos?

Con gusto me expresaré un poco sobre el trabajo y la persona de Ramos Martínez, como lo he hecho con el admirable y fuerte argentino Irurtia. Ramos es un laborioso, y un apasionado del color. Es de los que más honran al escaso grupo hispano-americano parisiense. Ha sido aceptado en el Salón desde hace tres años, y ha tenido muy grandes distinciones de parte de la Sociedad de Acuarelistas. Pues la acuarela es su particularidad, y á ella le debe notables victorias. Vignal, que es autoridad, lo celebra y aplaude.

Es un amable carácter, un buen corazón, un excelente muchacho. Ha sufrido. Sus confesiones pueden servir á los que siguen el camino que él ha recorrido. «Cuando tuve que vivir en París—me decía una vez—, cuando me quedé sin pensión, me sostenía la esperanza de verme algún día con elementos para desarrollar lo que desde hace tanto tiempo persigo; y esta sola idea me dió fuerzas para no desmayar ante las pruebas tan rudas por que pasé. Inmediatamente me puse á trabajar en una fábrica de bibelots artísticos. Desde ese día, ¡qué horizonte tan distinto me rodeaba! Ganaba apenas para vivir. Era un simple obrero, obligado á seguir las ideas de cualquiera. Del patrón. Mas, ese dolor me templó; me produjo una gran indiferencia por el instante y una gran esperanza en el porvenir. Y no pudo ser más: abandoné aquella tarea sin saber adonde ir. Fué peor. Caí en manos de judíos abominables, para quienes trabajé, de día y de noche, quedando toda la utilidad para ellos. Hice ilustraciones para ciertas casas, y fué lo mismo. Ya desesperado, me fuí á Londres, llevando conmigo mi cartera de acuarelas. Desde ese día mi vida cambió. Me las aceptaron todas en el Círculo de Acuarelistas, y á los pocos días adquiría una el duque de Devonshire. En efecto: Londres fué más propicia á ese respecto con el artista hispano-americano. Recientemente, se le ha propuesto hacer una exposición particular de sus acuarelas en el Carlton».

Este joven artista es un ejemplo de lo que la constancia y el tesón ayudan al natural talento. Ramos es de los que triunfan apoyados en su sinceridad ó impulsados por su pasión artística ¡Cuántas veces hemos recorrido juntos el Louvre ó el Luxembourg conversando de las hermosas obras de los maestros, de la belleza eterna! O en el taller del argentino García, hombre de ensueño y de impresión, pintor de secretos luminosos, á quien he de consagrar, á su vez, una página dilatada; ó en el estudio del poderoso é intelectual Irurtia, á quien Charles Morice ha dedicado tan hondas ideas, tan gallardos juicios. Ramos admira á Vinci. El gran Leonardo, más que Miguel Angel, le hace ver la humanidad; su Gioconda es la madre, la esposa, la querida, la hembra completa, según el estado de ánimo en que el espectador se encuentra. Lucrecia Crivelli, para él, es sér de adoración; nada habla como los ojos de esa mujer, que son todo un poema de encanto. En la sola frente hay un divino enigma; en las solas manos están todo el misterio y hechizo femeninos. «Gioconda es todo—me decía el artista—.» Ama á Rembrandt, á Velázquez, «un dios pintando». Querría ver á Velázquez interpretando á Vinci. Se entusiasma con Botticelli, exquisito y refinadamente sentimental. En lo moderno ve que Millet sólo podría decirlo todo; lo colocaría al lado de Leonardo, en los tronos del Arte. «Su campesino» no es el vulgar que vegeta; es el sér noble y bueno, penetrado de la grandeza que respira. En su «Primavera» ¿quién no siente la alegría? Aquel verde nuevo que se ve nacer, los troncos podados en que revienta la savia; uno que otro surco se adivina que hacen pensar en el que los cavó. La Naturaleza es todo allí; los pájaros, las flores que cubren los surcos, y como complemento un cielo tempestuoso en donde se ve la gracia del iris. A lo lejos, bajo un árbol, un campesino reposa á la sombra. ¡Es la primavera! ¿Y Carrière? ¿Y Corot? ¿Y Turner? ¿Y Whistler? Son sus dioses también. Y saluda á Sicly, á Claude Monet con sus armonías de sol, y al brumoso Le Lidauer y sus poemas versalleses. Contrariando ciertas opiniones mías, concluía: «En definitiva, esta época dejará su huella como las anteriores. Vivimos con electricidad, con vapor, todo al minuto, al segundo. El poeta, el pintor, el escultor, haciendo con sinceridad, resultarán siempre grandes.» Es un plausible eclecticismo y una virtud de entusiasmo que me complazco en alabar. Ramos es la fantasía, pero también el buen sentido.

Mas, ¿en dónde están los artistas argentinos, en los dos Salones de este año? No encuentro más que dos nombres, y eso que son de semifranceses, Mme. Dampt, la esposa del célebre escultor, que expone en la Société Nationale des Beaux Arts un retrato de Mlle. Péan, de elegante factura, de expresión, casi diría de estilo; y el Sr. Artigue, de quien me he ocupado ya en otras ocasiones, y que ha enviado á la Société des Artistes Français un cuadro lleno del sentimiento de la Naturaleza, y que denota un gran paso en su labor artística: Sur la falaise.

El escultor Irurtia no pudo concluir á tiempo un nuevo envío que de seguro habría tenido igual éxito que las «Pecadoras», tan celebradas por la crítica parisiense.