Le vió, y he aquí el extracto de lo que dijo el poeta:
Nos falta una Storia del risorgimento italiano, hecha con ciencia y arte, pero sin ostentar erudición. Voy a hacerla. Comenzaré pronto, pronto. Una historia así es necesaria para el pueblo. Haré algo útil. ¡He hecho tantas cosas inútiles! Sin erudición. Será una cosa útil. Y volviéndose al señor Rugarli, que estaba presente:—¿Cree usted que la erudición que tenemos nos sea útil? ¿Para qué? Y siguió hablando sobre lo mismo.
Se habló del Cristo alla festa de Purim—publicado en Buenos Aires en La Nación—, y recordó la Giuda de Petruccelli della Gattina. E hizo un calembourg:—Sí, el drama de Bovio, es un Cristo in puré. ¿Y de lo que iba a preguntarle Ojetti?
Ni palabra.
Como es sabido, Carducci es consejero comunal y provincial de Bolonia, ciudad en donde reside desde 1860. Su vida es metódica. Trabaja toda la mañana. A las doce, se traga tres huevos crudos. Lunes, miércoles y viernes, va a dar sus lecciones puntualmente, a las cuatro. Luego pasa a lo de Zanichelli, en donde toma el Corriere della Sera. Come a las seis y goza de buen apetito. A las nueve, va otra vez a lo de Zanichelli, a charlar o a jugar al briscolon, o a leer (tres o cuatro veces en los inviernos) Dante u Horacio, y lee admirablemente. Administra muy bien el capital que ha ganado; pero parece que éste no pasa de ochenta mil liras. Tiene tres hijas, todas casadas; Bice, con el señor Bebilacqua, de Livorno; Laura, con el ingeniero Gnacarini, y Liberta—la Titi del San Guido—, con el ingeniero Masi.
Me parece que para detalles tienen suficientes ya los admiradores de Carducci. Otro sí: hay que agregar, que no es gran conocedor de la música—da buon poeta, dice su interviewer—; se quiere hacer el wagnerista, pero en el fondo «si commuove solamente e sinceramente quando ascolta O signor che dal tetto natio!»
Ojetti teme que el ambiente, que el medio boloñés, entumezca en parte las alas del águila de las Odas bárbaras en su vivaz vejez.
Y después de Carducci,
ENRICO PANZACCHI
También en Bolonia, y «el hombre más simpático de su ciudad». Sutil como un crítico, pero entusiasta como un poeta. Charla y discute cortés y convincente. Es el tipo ideal de Bolonia la docta.