como de un pecho inmenso. Palidece

el sol. Y terminada

la fiesta de oro y rojo, a la mirada

queda solo... un eco

de amarillo seco

y sangre cuajada.

Tal es el poemita sobre el cual Ricardo Marín, un dibujante que se diría hermano menor de Daniel Urrabieta Vierge, ha trazado bizarras ilustraciones, creando a su vez como otro poema gráfico de tauromaquia.

Hay quienes se sienten desolados, en la creencia de que las corridas de toros van en decadencia y en vías de llegar a su completa desaparición. Es un error. No puede negarse que no tienen hoy el esplendor de antaño; que las mantillas se han ido sustituyendo poco a poco por los sombreros de París; que el torero se mundaniza, a punto de que el Sr. Mazzantini, Don Luis, como se le llama generalmente, es un personaje, «un monsieur decoré», que ejerce gravemente sus funciones municipales en la villa y corte; que «Bombita», D. Ricardo Torres, es un joven gentleman que se viste a la londinense, muy peripuesto, muy «smart», y que, aunque no los lea, sus amigos son D. Benito Pérez Galdós y otros cuantos autores. La leyenda del torero de antaño, rumboso y amigo de juergas, la leyenda o la realidad, ha concluído. Los toreros de ahora tienen la preocupación de la seriedad, cobran puntualmente sus seis mil pesetas por corrida, y levantan polvaredas como la de hace poco, cuando resolvieron, de común acuerdo, no torear sino por más altos precios los toros de la famosa ganadería de Miura, por ser éstos temibles animales en extremo peligrosos. La afición lanzó el grito al cielo, diciendo que jamás los espadas de antes, los Lagartijo, los Frascuelo, los Guerrita, hubieran hecho semejante cosa. El asunto se arregló felizmente para todos, y en la reciente corrida de la Prensa, los toreros estoquearon cornúpetos miureños sin ninguna desastrosa consecuencia.

De todos modos, me complace que España guarde su deporte nacional, que es tan de su pueblo y que forma parte de su histórico caballeresco espíritu, y me complace más que, un país como la República Argentina, no admita la fiesta de la sangre, como que haga extensiva su prohibición al odioso, feo y despreciable box.