«No soy sino una mujer.» Desde luego no pretenderé acentuar mi incesante asombro delante del prodigioso y divino monstruo. Una mujer: no sé mayores abismos que sus ojos. Cuando Mæterlink se pierde en la encantada selva femenina en busca de prodigios, los encuentra y hace meditar y temblar con sus hallazgos. Parece que la serpiente hubiese sabido por qué dirigirse a la mujer en el caso de la manzana. El diablo espiaría en el momento en que Dios modelaba la costilla: vería la perfección estatuaria, el triunfo de la forma, el nacimiento de la gracia principal. Al lado de la arcilla vió la parte de alma destinada al cuerpo en flor y se robó un poco. De ahí quizá que la mujer tenga una alma incompleta. De cuando en cuando el diablo pone en algunos seres femeninos algo de ese ahorro de alma que posee: las mujeres favorecidas con ese don, resultan con alma satanizada; esas son las mujeres inteligentes, es decir, las que salen de su nivel natural. Cuando la Iglesia discutía en sus Concilios la espiritualidad de esa maravillosa rosa, andaba fuera de razón. Sí, ella tiene un espíritu, un sutilísimo y enigmático espíritu, hilo con que teje Satanás, según los demonólogos, la red en que con mayor frecuencia caza las humanas moscas. Ellas son, sobre todo, dueñas del imperio de la carne. Las raras aparecen como con un nimbo interior: son Hildegarda, o Rosvitha, o Santa Teresa, o Rachilde. El resto de las mujeres que han elevado algunas líneas su mentalidad, pertenecen a las clasificaciones de una señora María Cheliga, que ha tenido a bien, no hace mucho tiempo, formar una magnífica colección de medias azules para la revista de Larausse.

«Pero algo hay que quiero haceros notar; y es cómo habéis podido afirmar, que por haberme casado, yo, Madame Alfred Vallette, Rachilde, me haya vuelto muy fea.»

Mais, non, Madame! Las palabras a que os referís en mi libro son las siguientes: «Sé de quien estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette, ha engordado un poco, no es la subyugadora enigmática del retrato de veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.»

Excusadme. Yo no sé por qué, la palabra matrimonio, suena a mis oídos exactamente como embonpoint.

La epístola de San Pablo o el contrato judicial corrije la gracia en cuyo fondo hay siempre un grano de perversidad. Un viejo poeta español, si no me equivoco, el arcipreste de Hita, escribió este verso abominable:

«Señora doña Venus, mujer de don Amor»

en el cual la reina divina queda peor que «con pantalones» en el verso de Hugo. Mas de calcularos una robustez discreta, a calificaros de tres laide, hay un abismo. Los lectores de La Nación pueden ver, por vuestro retrato, si no tendré, únicamente para vos, señora, todas las rosas de galantería que cultivaron tan bien nuestros abuelos los hidalgos.

Monsieur l'auteur espagnol, vous êtes un impertinent. Libre quedo de vuestros reproches, y haciendo mi reverencia, prosigo:

«Os emplazo para cuando vengais a París, os hagais presente en el Mercure de France, para demostraros cómo cuando una mujer no es bête—lo que me parece es mi caso—tiene suficiente esprit para, aun envejeciendo, no llegar a ser affreuse.

Y como mi señor marido me ama mucho todavía, supongo que debo estar un poco pasable.»