A JOSÉ MIRÓ
(JULIÁN MARTEL)
El día de su muerte
10 de diciembre de 1896

Paso a paso, melancólicamente, como un sonámbulo que persiguiese una mariposa y se perdiese en lo profundo de bosques sombríos, así tú, tras tu ilusión, mi amigo Julián Martel, penetras en la noche de la muerte.

Yo te he conocido en la primavera de tu juventud, triste enamorado de la gloria, soñador testarudo, cultivador de rosas de fantasía. Vivías en tu sueño, que era un jardín cuidado perennemente por tu alma. Parecía que no oyeses la voz del mundo, de este mundo nuestro. Sí, una voz como de sirena que te atrayese a una isla encantada, de un raro mundo, de verdes laureles, de cantos, de reales grandezas, de perpetuos triunfos; un mundo fuera del mundo: anywhere out of the world! Porque nunca quisiste convencerte, poeta como eras, de que fuesen verdaderas las espinas que rasgaban tus carnes, los abrojos que encontrabas a tu paso, las crueles ortigas, las zarzas amargas y ásperas; así, aun cuando dijeres en tus prosas o en tus versos los dolores de la vida, enflorabas tu pensamiento, y tu frase, con flores de idealidad y de dicha, de modo que te engañabas a ti mismo y te prometías siempre para el día que viene, para la próxima aurora, un festín de poesía, en que las musas sirvieran a tu espíritu ansioso los más puros rocíos, en las copas de las más frescas azucenas. No te dejabas vencer por la vida, mentirosa y fatal enemiga; eras siempre fiel a la divina imposible. La vida se vengó de ti, entregándote a la muerte.

Amabas el arte, amabas la hermosura, amabas las palmas del triunfo, mas te faltaron músculos para las decisivas ascensiones, para las bregas decisivas. Tu corazón era una urna de bondad, de bondad ingénita y sencilla, de una bondad colombina; había mucho de tu corazón en tu cerebro, de manera que pensabas sintiendo.

Los que como yo supieron lo íntimo de tus secretos pasionales, sabemos que cuando la tristeza te poseyó, fué por causa de amor; eras un sensitivo y un romántico. Hay una de tus poesías en que un reloj simbólico señala el secreto de tu existencia.

En estrofas poeanas dices la agonía de las ilusiones, y al fin estalla el reloj, en un momento que no es por cierto el último. ¡El último ha sido éste, mi querido Julián Martel: ayer ha estallado el reloj de tus sueños de poeta, ayer cuando has cerrado los ojos, y amor y gloria y sueños y esperanzas se han desvanecido con la luz de tus obscuras pupilas!

Eras raro como la lealtad, ardiente como el entusiasmo. Sabías todavía amar y admirar. Sabías pasear tu figura pálida y noble entre las medianías antosugestionadas, y tu cansada indiferencia fatigaba las inutilidades petulantes. Intentabas odiar—aunque no lo podías a causa de la excepcional virtud de tu sentimiento—la tiranía de la chatura, el poder de los dictadores del «buen sentido»; eras enemigo de Pilatos.

Tu obra principal y mayor—que es casi toda tu obra—fué un clamor de venganza contra la fortuna, que te fué traidora como una bella querida. Y tú, como artista, como poeta, habías nacido para las grandezas y poderíos. No eran plebeyos ni tu sangre, ni tu gusto, ni tu papel de héroe de Musset, ni tu estilo que buscaba siempre un rumbo.

¡Cuántas veces soñamos juntos, en noches de amistad amable! Yo oía tus imaginaciones de oriental, tus fantaseos de rajah, la historia nunca concluída de tus lindos castillos en el aire, y te acompañaba encantado a tus excursiones por los países de lo irrealizable.