Flor gorda y rica, a tu alrededor no flota ningún aroma, y la belleza serena de tu cuerpo desenvuelve, mate, sus impensables acordes.
Ni aun a carne trasciendes, salvo que al menos exhalan las que van removiendo los héroes, y tú te entronizas por lo insensible al incienso.
Así la dalia, rey vestido de esplendor, eleva sin orgullo su cabeza sin perfume irritante en medio de los jardines incitativos.
¡Flores sobre flores! Flores de estío, flores de primavera, flores descoloridas de Noviembre, vertiendo la pena de los adioses, y en los trenzados los crisantemos; los lotos reservados para la mesa de los dioses, los lises altivos entre las espesuras de amarantos, irguiendo con orgullo sus tirsos radiosos; las rosas de Noël, de palideces transparentes y, después, todas las flores enamoradas de las tumbas, violetas de los muertos, helechos olorosos, asfódelos, soles heráldicos y bellos, mandrágoras que gritan con voz sobrehumana al pie de los patíbulos negros que frecuentan los cuervos. ¡Flores sobre flores! ¡Deshojad flores! Que se paseen incensarios floridos sobre la tierra en donde, allá lejos, duerme Ofelia con Lady Rawena de Tremaine. ¡Amor! ¡Amor! Y sobre sus frentes, que tú inclinas, haz rodar la púrpura extática de las rosas, semejante a la sangre alegre vertida en los combates. Antes cantaban ellas, vírgenes rosadas, rubias, los amantes de los días que no renacerán nunca, bajo sus vestidos tejidos con oros finos y argírosas. ¡Oh, lejanas dulzuras de las primaveras concluídas! ¡Apertura auroral de las ideas! ¡Puerta del cielo ofrecida a los labios de los elegidos! ¡Las vírgenes hoy, muertas o poseídas, están lejos! ¡Muy lejos! La esperanza ha caído de nuestros corazones, como las ramas podadas de un árbol.
Y la sombra, y los pesares y el olvido, son los vencedores.
A través de los iris y juncos, Ofelia abandona su alma a los arrulladores murmullos del río, único testigo de su melancolía. Y he aquí que en el fondo de la verdosa espesura suenan confusamente harpas cristalinas, atrayendo con sus ritmos obsesores. El oro difuso del Sol empurpura las colinas, por el lado del castillo de Elseneur, y las torres que obscurecen ya las tinieblas hyalinas. La noche felina, con su traje de terciopelo, arrulla a las aguas, los valles profundos y los cielos tristes, y con los sauces ruidosos esfuma los contornos. Y las nubes rojas del poniente con colinas que trepan lanza en puño, atroces caballeros que espolean el vuelo furioso de los unicornios. Luego, la dama que sueña con los juramentos olvidados canta entre dientes un vireylay muy antiguo. La demencia extiende sobre su frente multiplicados duelos. ¡Flores sobre flores!
Sollozos cortan su romanza, mientras que, con los cabellos coronados de jazmín, se inclina hacia los juncos del río inmenso. Los Nixos, cerca de la orilla le señalan el camino, y tranquila, al curso de la onda en las gláucas praderas, desciende con ¡no me olvides! en la mano. Las flores palustres sobre sus pupilas apagadas pondrán el dictamo adorado del sueño, en jardines de...