La «indómita cruza de potros españoles en vientres de Araúco», según la frase gráfica de Vicuña Mackenna, gracias a los buenos gobiernos, y sin lo que podría llamarse necesidad de la tiranía en otras partes, ha ido a la civilización por medio de la paz.

Chile se ha sustentado en la preponderancia ordenada de su «élite», en el advenimiento de una aristocracia directiva y un pueblo hondamente poseído del orgullo de su nacionalidad. La mestización amacizó la fibra del pueblo, que ha conservado la indomabilidad del araucano; arriba perdura lo que llegó con la sangre vasca principalmente, lo cual es decir que no es difícil encontrar maestros de tenacidad y profesores de energía.

Su historia está llena de páginas heroicas, y la gratitud nacional ha levantado monumentos a los héroes y creadores de la patria. El general José de San Martín se perpetúa en bronce en Santiago, como en Buenos Aires y en Lima.

Chile ha tenido un foro y un parlamento ilustres. Su evolución progresiva ha producido los mejores resultados, a pesar del sangriento intermedio de una revolución, cuyo último acto trágico, principalmente, causara en todas partes una impresión profunda.

En la psicología del chileno prima el ánimo de empresa, y, como lo observa el citado Sr. Poirier, el afecto en el hogar, la hospitalidad en la vida social, el desprendimiento. Hay en él cierta sequedad, cierta rudeza, que son muy poco latinas. Una vez que se penetra en su amistad, se está seguro de ella. Es sabido que se ha llamado a los chilenos «los ingleses de la América del Sur». Y hay en verdad puntos de comparación que dan propiedad a tal decir. Sobre todo, ambas son, Inglaterra y Chile, discípulas del mar. Su soldado tiene fama de bravo y también de cruel. El obrero es resistente, como pocos, mas se quema en el alcohol, a punto de que gobernantes y legisladores se han preocupado de ello. La falta del espíritu de economía que se ha lamentado en él, háse corregido mucho, según los recientes balances de la Caja de Ahorros. En las familias pudientes y de estirpe, se ha corregido la abundancia del «doctor» con la frecuencia del ingeniero y del «gentleman-farmer». Y en cuanto a la beldad femenina, hay dos testimonios de marca. La frase del rey francés Luis Felipe al ministro de Chile:—«Decidme, Cazotte, ¿acaso en vuestro país es todo tan bello como vuestra mujer? Si es así, ¡os felicito!»; y el admirado busto de dama, de Rodin, en el museo de Luxembourg.

En un libro que publicó hará unos dos años el príncipe de Orléans Braganza, se leen estas líneas: «El presente es la crisis, y los nuestros lo deploran. Cuánto habrían querido mostrarnos un Chile diferente: el Chile próspero anterior al terremoto y la revolución anti-balmacedista, el Chile de la política desinteresada y del cambio a 18 peniques, festivo bajo su sol primaveral; o bien a este mismo Chile, tal como será dentro de diez años, cuando las reformas hayan hecho su labor. Se equivocan. Es en estos momentos de evolución violenta como la actual, que un país acredita las reservas de energía que dormitan en él durante los períodos de próspera mediocridad. Atraviesa Chile ahora la edad ingrata, ha crecido demasiado deprisa, pero esta crisis de desarrollo es, en sí misma una prueba de vitalidad. Chile es un país eminentemente dominador, ha nacido para eso; le es indispensable la acción que impulsa a la conquista; tiene el orgullo de la fuerza. Sólo le falta conocer el arte de saber utilizar esta fuerza, aunque es de esperar, o de temer, que este arte lo adquirirá totalmente por la experiencia. En este momento, la antigua armadura, demasiado estrecha para abroquelarle, cruje por todas las junturas, siéntese ya a las nuevas ideas tomar cuerpo, precipitarse la evolución. Dentro de algunos años se habrá Chile asimilado los ritmos de la existencia moderna de las naciones, y fácilmente reconquistará el tiempo que su largo aislamiento y letargo criollo le han hecho perder». Por los decir príncipe, estos «enxiemplos buenos» no están mal, en el desarrollo de un propósito imperialista y combativo. Mas el porvenir de Chile, como el de todas las naciones de nuestra América, está en la paz. Seguramente una paz armada que asiente el equilibrio. Una alta personalidad de la Armada chilena, interrogada últimamente sobre la construcción de acorazados, ha manifestado que tarde o temprano ha de producirse una «entente» entre la Argentina, Brasil y Chile. «Debemos, dijo, acordar de quedar en igualdad de derechos y fuerzas semejantes a estas dos repúblicas».


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