Los uruguayos se enorgullecen con justicia de la hermosura de su suelo, de la riqueza que se encierra en él, del encanto urbano de esa joya de capital que se llama Montevideo, en donde al par que las actividades del negocio, florece la intelectualidad y se estimula el estudio, del que es le morceau le plus digne d'envie, le coin le plus admirable du Nouveau Monde par sa topographie, par son climat, par sa géologie et son hidrographie, par sa fertilité; como escribiera, ha tiempo, un sabio y eminente francés. Y si el estado actual de esa república es en extremo floreciente y envidiable, su futuro, cuando la inmigración aumente, al ser más conocidos los veneros de prosperidad y las fuentes de labor proficua que allí esperan brazos y voluntades, su futuro, digo, es de un engrandecimiento y esplendor incalculables.
Muchas son las maravillas con que la naturaleza ha ornado el país oriental, descriptas por notorios escritores y reproducidas por el lápiz, el pincel o la máquina fotográfica; costas vistosas, montes y sierras, llanuras extensas en que pastan miles de ganados, paisajes deliciosos, bellas y fecundadoras corrientes hidrográficas, fauna y flora de mucha variedad y exuberancia. Y si en la historia de la república del Uruguay resalta como signo distintivo, según ya he dicho, la singularidad heroica—Artigas es un personaje representativo y simbólico—en su vida constitucional se hace admirar un culto, desde antaño sostenido, por la libertad, y un deseo siempre constante de mejoramiento y de progreso.
Hay en su Carta asegurados derechos y principios de las modernas conquistas civiles que en otras naciones, a la cabeza de la civilización por muchos conceptos, no han sido todavía conseguidos. Así bien pudo asegurar ha tiempo un eminente abogado belga, M. Stocquart, que «el Uruguay es innegablemente, desde el punto de vista del derecho civil, el país más adelantado de la América del Sur». Una de las últimas y más plausibles leyes a este respecto fué la nueva de divorcio, que garantiza la disolución del matrimonio y deja absoluta libertad para contraer un nuevo vínculo.
Montevideo, de rítmico y sonoro nombre, es ciudad-presea entre las capitales hispano-americanas, y se distingue por la modernidad de su conjunto, por su ambiente de urbana actividad y alegría, y por la singular beldad de sus mujeres. He de insistir en el cultivo mental, en el amor y gusto por las especulaciones del espíritu, al lado del movimiento bancario, y del activo laborar de comerciantes y estancieros. La instrucción pública uruguaya se encuentra a una notable altura y se han ido introduciendo en ella las mejoras que en los países más avanzados del globo han producido resultados superiores, esto desde los tiempos en que José Pedro Varela, «el Horacio Mann uruguayo» hiciera como el gran argentino Sarmiento, viaje a los Estados Unidos, y visitara las escuelas norte-americanas; «y fué tal su admiración y entusiasmo, dice un informe oficial, por los métodos de enseñanza que vió aplicar en ellas, a la organización a que estaban sujetas, que se resolvió a dedicar todas sus energías al estudio de las más acreditadas obras pedagógicas, y al análisis de los múltiples problemas relativos a la enseñanza. Sorprendido a la vista de las instituciones políticas y sociales del pueblo que visitaba, fascinado por el carácter de la prensa, la libertad de los tributos, la organización de los partidos, su sistema electoral y el funcionamiento de todos los resortes de la administración pública, creyó descubrir la base de todo esto en la educación del ciudadano, y decidióse, una vez que hubo regresado al suelo nativo, a trabajar con objeto de introducir en ella cuanto había visto, respecto de instrucción pública, y pudiese contribuir a la regeneración de la patria uruguaya...» José Pedro Varela fué un bienhechor de su país y su nombre brilla entre los que constelan de gloria los anales de la República Oriental.
El movimiento comercial, dado el número de habitantes, supera al de otros estados americanos de mayor población, y los productos del país encuentran cada día mayor mercado en el mundo. «Somos, escribe el Sr. Maeso, actualmente, uno de los pueblos más comerciales de América, pudiendo ostentar con legítima satisfacción los guarismos de nuestra actividad en los negocios, porque ellos evidencian que, a pesar de tener aun poca población en comparación de otros Estados, superamos en mucho las cifras de su vida comercial. Baste con señalar que de 1862 a 1868, la importación y exportación reunidas, eran de pesetas 109.886.156; y de 1904 a 1908, ha llegado a pesetas 338.009.777. Mucho tiene que mejorar la agricultura en tan fecundo país; mas la suma de lo que por año produce en este ramo de sus progresos es ya de más de noventa millones de francos. Sus líneas férreas tienen un valor de trescientos setenta y siete millones de francos, su ganadería cuenta con treinta y siete millones de cabezas. Su porvenir económico, en fin, despierta las más brillantes y legítimas esperanzas. Un notable ingeniero francés ha manifestado su sentir en estas palabras: «El Uruguay tiene en sus tierras valores incalculables y tiene en sus hijos excelentes elementos de trabajo, que sabrán aprovecharlo». Es, pues, un pueblo dueño de su destino.
Montevideo se enorgullece de su espléndido puerto, de sus compañías de navegación y salvataje, en que es famoso universalmente el nombre de Lussich. La red hidráulica uruguaya cuenta con tesoros de «hulla blanca». La ganadería ha logrado un gran adelanto gracias a iniciadores eficaces como el Sr. Reyles y sus émulos; las riquezas del subsuelo sólo esperan el esfuerzo de las empresas; el inmigrante en pocas partes encontrará las ventajas que en el suelo del Uruguay.
¿Y la intelectualidad? Largamente podría escribirse sobre el desarrollo de la cultura y de la producción literaria en aquella nación, desde los tiempos de la colonia hasta nuestros días. Se ha llamado la atención sobre la tendencia a un marcado nacionalismo y al color local. Más allí, como en todas partes de América en que se habla el castellano, no ha habido sino dos grandes influencias en el dominio del pensar y el escribir: la influencia peninsular antaño, y la del movimiento que desde hace algún tiempo ha dado nuevos vuelos y libertades a los talentos, a la idea, a la creación artística. Saludemos los nombres de Acuña de Figueroa, Pacheco y Obes, Berro; a los románticos del tiempo de Juan Carlos Gómez y de Magariños Cervantes. Al fuerte Acevedo Díaz, a otros eminentes. Y luego, a los que representan la vitalidad y la gloria actuales, a la cabeza el conspicuo y alto Rodó; a un gran precursor admirado en su patria y fuera de ella, el noble poeta Juan Zorrilla de San Martín.
En resumen, la República Oriental del Uruguay es uno de los países que con mayor complacencia puede la América latina presentar ante los ojos del mundo civilizado, y uno de los más apropiados refugios para los ejércitos de inmigrantes que a nuestro continente vayan en busca de labor y bienestar.