Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico,

el mar me envía el trueno de su solemne cántico,

la luna que muequea en la penumbra ingrata,

me envuelve en la tristeza de su llanto de plata.

Y la sirena alada de la brisa marina

pone en mi oído una canción triste y divina.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Y en este nuevo libro sobre Italia, que se titula Almas y panoramas, fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico: Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma: