aimer!

Un conocido, Gabriel Montoya, poeta de verdad, de quien próximamente dará la Comedie Française Le baiser de Phédre. Me fué presentado hace años por Carrillo. Habla bastante el español. Es doctor en Medicina, y ha sido médico de uno de los vapores de la Compañía Transatlántica, por algún tiempo. Su biógrafo funambulesco dice que «courut en morticole les dos hémisphères, contracta la fièvre jaune à Cuba, vendit du café à Haïti, perça part en part dans un duel a mort un huissier nègre à Port-au-Prince et regagna Paris». Montoya es personalmente muy simpático. Aparece. Tenoriza con cierta gallardía meridional, y se va. A las damas gustan sus canciones de amor, canciones llenas de sentimiento y de romanticismo. Vale más.

He aquí a Marcel Legay, con su gran cabellera. También poeta, de los pocos poetas perdidos entre esas boîtes. Pobre y buen autor, de la raza solar. Ya está viejo y cansado: mas aún vibra su fuerte y sonora voz:

Écoute o mon coeur, écoute la harpe

du vent de chez mon pays d'Artois,

c'est un très vieux air, des bords de la Scarpe

qui chante aujourd'hui tout comme autre fois.

«J'ai écrit—dice el poema—j'ai écrit cette chanson pour mon pays, en voyant passer une hirondelle».

Legay canta y llena la sala con su voz. Los concurrentes sienten un grato soplo de verdadera poesía, después de las inepcias de actualidad que han expuesto varios bufones. Y tras Legay viene el príncipe de la canción por sufragio público. Xavier Privas, gran comedor y bebedor delante del Eterno... femenino. Canta su Ronde des heures. Él mismo se acompaña, y su cabeza sobresale del piano como una cabeza de pipa. Sus ojos son vivos; su cabeza devastada, su voz expresiva.