En algunas ocasiones se representan revistas en que toma parte el enano. Y ese es el cabaret por excelencia, el cabaret del Barrio latino, el cabaret de los estudiantes. Allá, siguiendo el boul'Miche, allá lejos, está Bullier, el baile famoso que también ha degenerado. Allí se bailó en buenas épocas el cancán alegre de antaño, el cancán que bailaron las grisetas y las diosas de Offenbach. El cancán pasó. Luego se bailó la quadrille, con el enceguecedor chaut. Luego la danza negra, el cake-walk, que pasó también. Ahora se contorsiona la gente con la matchicha.
Mi amigo está desolado.
El reino de las tinieblas.
LOS DRAMAS DE LA CLÍNICA
Comienza a morir la tarde de esta jornada dominical y el retorno de los parisienses que han pasado la mañana en la banlieue anima y alegra las calles poco antes silenciosas del viejo París.
El suave oro del crepúsculo estival es propicio a los recuerdos de gratos días de juventud. Y paseando por lugares de antiguo conocidos nuestros, mi amigo el doctor Debayle evoca con cariño sus tiempos de estudiante, los días en que, a veces, a pie o en la imperial de un ómnibus, llegaba diariamente al hospital Tenon, y a una pregunta mía, me relata una reciente visita al «Quinze vingts».
—«¡Au Quinze vingts!»—El canal Saint-Martin, la rue Grange-aux-belles, la Avenida de la Republique... La estatua de Floquet, el célebre tribuno y estadista, pasa como una visión cinematográfica. Y así mis recuerdos—me dice—. El duelo famoso con Boulanger, cuyo desenlace siguió París palpitante, y la herida en el cuello inferida por el abogado al general. Era el tiempo en que la Francia, al endiosar a éste, demostró una vez más la necesidad que su gran pueblo sentía de un caudillo que reivindicase sus glorias militares... Más adelante es la otra ancha avenida, el monumento del sargento Bobillot, muerto en el Tonkín en defensa de su patria. Y a lo lejos la plaza histórica y la columna coronada por el genio de la Bastilla. Después de atravesarla se gana la calle de Charenton, estrecha y populosa, para detenerse ante el ancho y gran portal del Hospicio. Salvando la verja se está en el espacioso patio, especie de parque, cubierto de musgo, arbustos verdes y árboles copudos, sembrados de cómodos bancos.
Por todas partes vense numerosos enfermos, ancianos casi todos. Unos descansando la cabeza entre las manos; otros con la frente alzada como buscando algo que no encuentran y como interrogando al destino. Algunos, apoyados en sus bastones, titubeantes, explorando con ellos la senda invisible, o conducidos por lazarillos, se mueven vacilantes, la cabeza levantada, y como buscando en otro sentido la orientación que no les pueden dar los ojos sumidos en las tinieblas. Y en aquellas fisonomías en que el tiempo ha puesto su marca indeleble y en aquellas frentes que corona la cabeza blanca o calva, vense las órbitas con los ojos muertos a la luz; alterados unos y con engañoso aspecto de pupilas claras otros, todos irremediablemente perdidos, atrofiados, lesionados, ambliopes. ¡Y cuántos de esos desgraciados que la caridad nacional alberga han gozado como yo de los encantos de la naturaleza, de la gama admirable de los colores, de la hermosura de la luz! ¡Y cuántos de esos, víctimas de enfermedades evitables, se han hundido en las tinieblas por incuria y por ignorancia!
Según las estadísticas, un 60 por 100 de los ciegos que llenan los hospicios son el resultado de las lesiones infecciosas exteriores o internas. ¡Fatal destino el de aquellos que víctimas de la ignorancia o del vicio de sus progenitores vieron al nacer apagarse ante sus ojos la amada luz del sol! Y entre aquellos enfermos ¡cuántos llevan impresa en sus rostros la resignación a lo inevitable; y la sonrisa que ilumina sus semblantes que parece un gesto de burlesca ironía a la sombra!
Atravesando el primer ancho patio se llega al segundo. A la izquierda un corredor bajo en que las arcadas de piedra forman bóvedas que recuerdan los antiguos conventos y los pabellones de la Allgemeines-Krankenhaus de Viena. Las mismas bóvedas, las mismas piedras, las mismas baldosas que tantas veces atravesé ansioso de llegar a la hora de las operaciones... Y después de cruzar un patiecito cubierto de finos guijarros, entro por una puerta estrecha a la sala de operaciones. Blancos, color de blanca leche, los muros, blancas las sillas, blancas las mesas, blanco y limpio el techo, todo blanco, refleja la hermosa claridad que penetra por una enorme pared de vidrio.
En las dos mesas de operaciones los enfermos preparados esperan ya al diestro cirujano con los ojos cubiertos por asépticos apósitos escrupulosamente colocados. Y de la pieza vecina, del gabinete particular de los médicos, sale, alto, delgado, correcto y llevando su blusa blanca, como si entrara en un salón de sociedad vestido de riguroso frac, un hombre pálido, de líneas distinguidas y de mirada reveladora de una inteligencia d'élite. Nieto del más grande y célebre clínico de la escuela francesa, ha honrado en su especialidad el nombre de su ilustre progenitor, porque es indudablemente uno de los más insignes oftalmólogos y sin disputa el más hábil operador de su época. Es Trousseau.