Sorprendido por la inesperada visita, estrecha con efusivo cariño mi mano, me ofrece el puesto de honor y procede en seguida a su tarea. Es el virtuoso del arte. Con sólo un instrumento, con sólo un cuchillo y nada más, su mano hábil abre el ojo, fija los párpados, secciona la córnea, perfora la cápsula, hace la incisión y con presteza increíble extrae la catarata y luego las masas, dejando incontinenti, como lo hiciera un prestidigitador, la cámara anterior renovada, la pupila amplia y negra y la vista que faltaba a aquel enfermo.

Concluídas las operaciones paso al salón de consulta externa. La consulta empieza. Uno de los jefes de clínica, meridional inteligente, concienzudo, ferviente en su culto, examina uno a uno toda aquella larga serie de enfermos que un empleado va conduciendo delante de nosotros. Agrúpanse los pacientes divididos en categorías por una selección hecha de antemano. Pasan primero los que presentan alteraciones profundas de los ojos.

Aparentemente sanos para un profano, muchos de aquellos grandes ojos negros o azules, con la pupila dilatada, revelan en el acto, para el experto, la gravedad de su lesión.

Aquellas pupilas no reaccionan y aquellos ojos grandemente abiertos, en los rostros impasibles, no despiertan en los gestos de la cara la vida de expresión que sólo puede dar la luz, la irreemplazable, la hermosa luz. He aquí—me dice—una ambliopía; he aquí un glaucoma, y allá un ciego por lesión cerebral. Luego los veremos en la cámara oscura con el oftalmoscopio...

Entre esos desgraciados se acerca uno, conducido por una mujer pálida, triste, que lleva en sus brazos un niño de dos años. El hombre, como de cuarenta y cinco, de aspecto enérgico, ha perdido casi la posibilidad de conducirse y se sienta con dificultad sin ver la silla que se le ofrece. Obligado a trabajar de noche con luz artificial para suplir a las necesidades de los suyos, ha perdido progresivamente la vista. Este es un caso de miopía—observa el jefe clínico—en que el trabajo excesivo ha conducido al desprendimiento de la retina.—¿Por qué no ha cesado usted su trabajo, como se le dijo?—¡Oh! no podía, señor. Mi mujer y mis hijos no tenían pan.

Los casos de lesiones externas se presentan. Lesiones diferentes, más o menos acentuadas y profundas, de aspectos diversos. Muchos son víctimas de accidentes del trabajo, que quedarán inválidos. Otros, jóvenes, fuertes, revelando salud y energía, han recibido en los ojos el daño que no esperaban y a que los conduce su intemperancia y sus desórdenes. Ayer no más, aquellos hombres tenían ojos hermosos, expresivos, de una agudeza visual admirable, y se proclamaban campeones en el tiro o seductores por sus miradas, y hoy una vasta úlcera ha convertido en una placa blanquecina las córneas transparentes y las hermosas pupilas. ¡Si se reflexionara siempre!... Si se supiera todo lo que hay de veneno en el fondo de los placeres sensuales.

Y llega el turno de los niños. ¡Oh, los niños! ¡Qué dulces, qué bellos y qué interesantes! Y estos pálidos niños son de Francia, los futuros ciudadanos de la patria de mañana.

Los que no han tenido la desgracia de ver su hogar vacío, los que saben del encanto de los labios infantiles y los ojos angelicales, azules o negros, esos saben la emoción intensa que despiertan en nuestros corazones las miradas y las sonrisas de los niños. Porque en todos los climas, en todos los tiempos, en todos los países, los niños son iguales, son flores de humanidad.

¡Cuántos pobres mal vestidos, hijos de los obreros que trabajan en el faubourg y cuyo esfuerzo no basta para alimentarlos! Pálidos, cubiertos de erupciones o con la degeneración de la córnea, propia del raquitismo, u otra dolencia terrible, o debida a la deficiencia de la nutrición o a tales o cuales causas hereditarias. Unos pasan acompañados de sus madres, otros casi solos, otros más pequeños, guiados por sus hermanitos mayores. Y da tristeza ver aquellos desgraciados atender y cuidar a sus menores por ese instinto de conservación que la miseria ha desarrollado en ellos prematuramente...

Por último vienen los más tiernos. Una joven de veintidós años, de provincia, que cayó en el arroyo de París, trae un niño de cuatro meses. La cara de la madre, joven; su cabello abundante, su aire revelando salud, contrastan con el desgraciado envuelto en pañales que presenta todo el aspecto de la atrepsia. Ella no sabe por qué su niño se ha enfermado. Sus ojos se inflamaron. Los medicamentos han sido inútiles. Y el infeliz en grito desgarrador noche y día ve convertirse sus ojos, antes claros y sanos, en una masa informe.