—He aquí—me dice el doctor—un caso desgraciado. Todo lo que tenemos de más activo, no ha producido efecto. Asistido tres días después del principio, nada se logra. La infiltración de la conjuntiva, gana la córnea. Turbia y opalina, amenaza producir la fusión con pérdida completa del ojo. ¡Qué desgracia! Y todo proviene del estado general. Este infeliz no tiene fuerza de reacción; pesa menos que lo normal; su piel seca y rugosa indica a las claras su estado atrépsico. ¡Oh! este es uno de tantos casos en que se demuestra que hay que tomar en cuenta el terreno y no sólo el grano, como lo quieren las modernas tendencias exclusivas del laboratorio... Mire usted, compañero—continúa—ayúdeme usted. Vamos a procurar cauterizar con el «galvano» la córnea.

Y así diciendo, coloca el tierno enfermo sobre la mesa. Armado de un separador, abro yo con precaución los párpados mientras el doctor cauteriza. A cada momento su frente se nubla y un gesto de desaliento se dibuja en aquella fisonomía de hombre honrado y de verdadero médico. Es que a pesar de tanta práctica y tanta escena análoga repetida, no puede ser indiferente ante tan terrible desgracia, que por no caer sobre un sér casi inconsciente es menos dolorosa.

Aquellos ojos no verán más.

Las cauterizaciones serán inútiles. La úlcera irá en aumento, y la ceguera eterna, incurable, es lo que espera a aquel sér raquítico, fruto del capricho de la sensualidad.

Aquellos gritos continuos de garganta débil, lejos de causarnos la habitual molestia que ocasiona la impaciencia de los recién nacidos, nos deja mudos de pena al vernos impotentes para prevenir lo irremediable. Y la madre ignorante, desesperada por la perspicacia innata del corazón, deja triste y silenciosa correr sus lágrimas amargas. «Y después de tanto sufrimiento ¿podrá ver mi hijo, doctor?» «¡Oh! tal vez sí, sí. En fin, veremos»—responde aquel noble médico, embarazado entre la mentira consoladora y la verdad terrible...

¡Pauvre petit!—me dijo—. El terreno, el terreno es lo principal... ¡Cuántos otros se han curado con este procedimiento!... Y al salir de la sala, en el pasillo, pude ver aún a la madre desesperada que había espiado a las últimas frases nuestras, llorando inconsolable.

¡Y ese pobre sér nacido al azar, de un contacto casual o mercantil, en el vertiginoso remolino de París, condenado a la tiniebla eterna, cuando pudo tal vez tener más que otros derecho a la luz!

¿Por qué la desgracia se abate sobre él? ¿Qué misterioso y fatal sino le condena víctima inocente e inconsciente? Misterio. ¿Por la miseria, por la ignorancia, por la incuria o por el vicio?...