¿Por la miseria, por la ignorancia, por la incuria, por el vicio?

Sí. Por todos esos caminos llegan al terrible, al espantoso reino de las tinieblas eternas, de la noche sin fin, estos lamentables seres que deben escuchar ya siempre la canción de la vida como un eco triste de desesperanza. Sus vidas corren tristes y sombrías. Pasan insensibles a los encantos de la Naturaleza, sin gozar de la gama admirable de los colores, sin recoger la hermosura de la luz... Y el gesto como de burlesca ironía que contrae el rostro de los infelices privados de la vista, es la marca que sobre ellos ha puesto el Destino al sumirlos en la ceguera eterna e incurable.

Y cuando se reflexiona en que el sesenta por ciento de los casos que se producen provienen de lesiones infecciosas de diversos caracteres, apena llegar al convencimiento de lo hondo del mal. Mientras la ignorancia y la incuria sean como naturales en tanto desgraciado, víctimas de sí mismos, destruirán inconscientemente el don más inapreciable que fué otorgado al hombre, esos pacientes lamentables que la ciencia, agotados todos sus recursos, tiene que abandonar, presa indisputable, a la terrible enfermedad.

Mientras la miseria reine omnipotente sobre el hombre; mientras la necesidad estreche al trabajador; mientras el hambre sea la suprema razón, la más inflexible ley social, continuarán llegando a las clínicas hombres jóvenes, hombres pletóricos de energía, luchadores en pleno vigor, a los que el exceso de trabajo, la tarea hecha en malas condiciones y la nutrición insuficiente privaron de la vista; y que tendrán siempre pronto el tremendo comentario: ¡Mis hijos no tenían pan!

Las grandes ciudades con sus hacinamientos absurdos y sus tugurios circundantes, verdaderos laboratorios de la miseria; los populosos centros industriales sin condiciones higiénicas; la ignorancia, pesando aún por todas partes, y el descuido—consecuencia suya—agravando el mal... He ahí el origen de gran parte de esos atroces dramas de la clínica que desolan a una familia y hacen de un sér en plenitud de su vida, un inválido sin energías, sin vista, sin independencia y sin esperanzas...

Pero cuando la ignorancia sea vencida, cuando el imperativo de la necesidad no obligue al hombre a inutilizarse, cuando la incuria no ate las inteligencias, ¿enviará aún el vicio sus víctimas a los hospitales?...

Nada más triste, más desesperadamente triste que la existencia martirizada de esos niños señalados al nacer por el azar de la desgracia para blanco de sus rigores. ¡El triste niño ciego! Fruto concebido, quizá, en el revuelo de una rencontre de dos seres que después continúan ignorándose, queda para vivir una lamentable herencia de dolor y de desgracias... ¡Algo terrible, algo siniestro presidió su nacimiento; un hada negra ha estado allí esperando su gemir de recién nacido y al partir le deja para siempre, irremediablemente, privado de la luz, la irreemplazable, la maravillosa luz!...

La herencia de don Juan.

Después de las mil y tres formas que fueron cien veces más, después de los vinos capitosos y de los alcoholes quemantes, después de sus femeninos triunfos en partes diversas, don Juan no murió reumático en Cartagena, según lo supuso Campoamor: don Juan murió alcohólico y averiado. Él se fué al cielo conforme con Zorrilla, o al infierno como era de justicia. ¿Supo la herencia que dejaba? ¿Se dió cuenta de lo que quedaba de miseria y de dolor en el mundo por culpa suya? Su egoísmo y su animalidad no le permitieron hacer ninguna reflexión al respecto. Él vivió y gozó. Ejerció su poder de fortaleza y de conquista. Él no tenía nada que ver con los sermones y tiradas de mil comendadores. De todas maneras, quedó la herencia de don Juan. ¿Cuál es esta herencia?