Voy por una calle, en día domingo. Veo venir en larga fila, uniformados de azul, los niños de un hospicio. Van guiados por un inspector. Sus caritas son pálidas, abotagadas o flacas. Una innata tristeza se ve en ellos. Esa infancia es poco pródiga de sonrisas. Se advierte la obra dañina del raquitismo y de la escrófula. Unas faces son como apagadas, en otras los ojos indican un vago extravío. El paso demuestra debilidad. En algunos se ha detenido el espíritu al borde de la imbecilidad o de la idiotez. En otros se diría que está en flor, en flor malsana y emponzoñada, el delincuente de mañana. Pasan.

En un jardín. Allí, con sus nurses y gouvernantes están los niños y niñas de las gentes pudientes, de las gentes de hotel y automóvil, de los ricos. ¿Encontraré aquí la salud y la alegría de la edad infantil? ¡Oh, cuán poco! Encuentro el lujo, la ostentación, y aun ya el flirt, en esa humanidad minúscula; pero son excepcionales las faces sonrosadas y sanas, las miradas límpidas, los aspectos de flor. La pierna emerge del calcetín o se modela bajo la media, sin robustez, como sin consistencia; abundan los huesos largos, que terminan con fealdad en la rótula saliente. Las caras tienen como prematuras arrugas y gestos dedisivos, caras de hombrecitos y de mujercitas, con muy poco de puerilidad. No se piensa sino en las tuberculosis y las anemias, las debilidades y las taras. Y entre los escasos tipos frescos y desbordantes de vitalidad, pues los hay también, pasan, con sus raquetas de tennis o sobre sus patines rodantes, esos infantes y adolescentes raquíticos o minados por un mal interno y prematuro, como una fruta por su gusano.

Y eso, ¿qué es?

Eso, es la herencia de don Juan.

Los padres han comido las uvas verdes y los hijos tienen dentera, dice la Biblia. Y un pedagogo eminente: «Cada uno de nosotros, largo tiempo antes de ser padre, debe a los niños que podrán nacer de él no tocar aquellos frutos peligrosos. Era ordinariamente después de haber comido las uvas, que se pensaba en lo que dice la palabra bíblica. Ella era la amenaza del castigo inevitable y ya incurrido. Nosotros comenzamos más antes a decirla a los demás a nosotros mismos; es una advertencia, un consejo, una orden. Sin pretender que nuestros antepasados valían menos que nosotros, parece que en muchos casos en que ellos obraban mal sin vacilación, escrúpulo ni remordimiento, no tenemos ya su plena seguridad; ya no nos atrevemos a decir que nuestro derecho es abusar de los placeres y cuando nuestra cobardía se abandona a las pasiones, sabemos muy bien que no nos hacemos daño solamente a nosotros. A pesar de todo, la idea de nuestra responsabilidad turba, si no a muchos de nuestros contemporáneos, al menos a un número no despreciable y que va aumentando». ¿Es esto cierto? Así parece, según los datos y manifestaciones de especialistas dedicados a esas cuestiones interesantes. Pero no es muy grande el triunfo todavía; M. Ferdinand Gache asegura, sin embargo: «Una cantidad de jóvenes pasa su juventud alegremente, pero ya no se oye tanto como antes, a padres y madres proclamar: Il faut que jeunesse se passe». El descuido se hace más raro respecto a las decadencias orgánicas o las taras mentales que se pueden transmitir a los niños. Los hacedores de pena han perdido su arrogancia y no osan más gritar: «¡Después de mí, el diluvio!» Ese grito, lo presiente, levantaría censuras. Se dan cuenta de que alrededor de ellos no se ven ya con descuido la salud, el bienestar, la felicidad de las generaciones por venir. En Wáshington se celebró en el 1908, en el mes de marzo, el primer Congreso internacional en favor del bienestar infantil. «Se trabaja por libertar al niño de la herencia de don Juan. Y he aquí que en la ciencia aparece un descubrimiento que hace pensar en Ibsen: el «signo Sisto».

En el mundo médico europeo ha llamado vivamente la atención ese hallazgo del doctor argentino, Jenaro Sisto. El «signo Sisto»—así bautizado por el eminente profesor Comby—es el grito inconsciente del recién nacido que denuncia la herencia donjuanesca, la revelación del veneno paternal.

Fué en Buenos Aires en donde la observación del médico desde hoy ya llegado a la celebridad, encontró que ciertos gritos de los niños de pecho, repetidos «sin cesar y sin razón», como dice el sabio francés, tenían por causa la enfermedad terrible que hiciera escribir un poema a Jerónimo Fracastoro y una pieza dramática a M. Brieux, de la Academia Francesa. Al sospechar el mal heredado, dice el doctor Comby en el prólogo de la obra en que el doctor Sisto trata del asunto, «habiéndose traducido esa suposición, como debía ser siempre en clínica infantil, por el tratamiento mercurial inmediato, nuestro colega tuvo la satisfacción de ver cesar de gritar a sus enfermitos, al mismo tiempo que los síntomas específicos, cuando se presentaban, desaparecían más o menos rápidamente. La demostración estaba hecha».

Es, pues, el niño, con su grito, el prematuro revenat ibseniano. Desde la cuna, desde que aparece sobre la faz del mundo, libre ya de la prisión materna, clama que viene herido, que viene, por culpa ancestral, con una carga de sufrimiento. Y por la ciencia, el clínico de hoy reconoce en seguida al delator.