Siempre el niño ha gritado al venir a la vida. Ya sea que demuestre con ello, como dice el mismo doctor Sisto, que vive y que tiene la fuerza suficiente para introducir el aire en sus pulmones, cuyo funcionamiento comienza precisamente con ese primer grito; ya que éste señale, al decir de Fernández Figueira, la ruptura de las trabas de la vida intrauterina; ya, según Longnet, que sea dictado por una ley primitiva de la naturaleza, «la fuerza desconocida que domina todos los fenómenos de la vida», o, según d'Espine y Picot—citados todos en la obra de Sisto—, sea ese primer grito debido probablemente a la impresión desagradable producida por el aire exterior sobre la superficie del cuerpo, el caso es éste: al llegar al mundo el hombre, llora, el hombre grita, como si ya sospechase a dónde llega, como si ya supiese la significación de la litúrgica frase «valle de lágrimas». Las lágrimas vendrán después, pero él ha lanzado el grito.

Notad estas curiosas observaciones. Billard nota que el grito del niño se compone de dos partes: «una sonora, suficientemente prolongada; es el grito propiamente dicho. Se hace oir durante la espiración, empieza y acaba con ella, y es el resultado de la expulsión del aire que sale de los pulmones a través de la laringe. La otra parte del grito es el resultado de la inspiración; el aire precipitándose a través de la glotis, para introducirse en los pulmones, se encuentra comprimido por la contracción, en cierto modo espasmódica, de los músculos vocales, y hace oir un ruido muy corto, pero agudo, a veces menos perceptible que el grito propiamente dicho; es una especie de reprise, que está entre el grito que acaba y el que va a comenzar. A menudo el grito existe solo y la reprise no se hace oir, o bien sólo se oye la reprise, y el grito queda ahogado». Y Baginski hace esta observación fónica: «a veces el grito adquiere caracteres patognomónicos, y se puede decir, de una manera general, que las vocales «a» y «e» dominan en el grito provocado por la cólera o el descontento, en tanto que la vocal «i» expresa el dolor». En el erudito libro del doctor Sisto, Les cris chez les nourrissons hay otras cuantas citas de diversos autores respecto a esa manifestación primera de dolor o de vida, o de ambas cosas. Pero la trouvaille del médico argentino no se refiere a esa clase de grito. Es otro grito que viene después, el grito constante, persistente, en el tiempo de la primera lactancia, «entre dos semanas y tres, o cuatro meses», es el grito revelador de la ponzoña hereditaria, la demostración desde hoy, para el facultativo conocedor, del doloroso legado de don Juan.

Hay que leer las observaciones y ver las fotografías de los niños en la obra de que me ocupo. En uno de los casos el aspecto de la criatura no dice nada; se creería, al contrario, que la salud florece y brilla en su aspecto; en otros, sí, se notan el sufrimiento, la degeneración, la tara.

Ni es de mi competencia, ni este es el lugar para entrar en mayores detalles, siquiera fuesen reproducidos de los diferentes casos observados por distintos pediatras y clínicos.

Pero he querido manifestar el placer que he sentido al ver apreciado en su justo valer por sabios de este continente la labor de un estudioso, cuyo nombre se agrega a las listas de los eminentes argentinos a quienes se refiere el doctor Comby cuando escribe: «Nuestros hermanos latinos de la República Argentina, antes nuestros discípulos, y hoy llegando a maestros a su vez».

Roosevelt en París.

Está ya en París, de vuelta de África, el yanqui extraordinario a quien algunos quieren llamar el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el bluff de sus conciudadanos.

Se le ha recibido en Europa como a un rey de raza, mejor que a un rey del petróleo, o príncipe del algodón o de los embutidos. ¿Quién negará su energía, su fuerza, su excelente humor, su decisión y su franqueza? Es todo lo contrario de un tímido, y todo lo opuesto a un ceremonioso. Él es el «hombre representativo» del gran pueblo adolescente que parece hubiera comido el food of gods wellsiano, y cuyo gigantismo y cuyas travesuras causan la natural inquietud en el vecindario.

Ya sabía el parisiense de quién se trataba, y cómo el ex presidente, y con seguridad casi seguro futuro presidente de la Unión, había sido recibido por las monarquías italiana y austro-húngara. Los periódicos, que habían dedicado largas columnas a las proezas del gran cazador delante del Eterno y de la máquina fotográfica, estaban listos para la vuelta del vencedor de las fieras de África y del enemigo formidable de los trusters yanquis.