¡Maravilloso ejemplar de humanidad libre y bravía! Pueden los escritores de humor y de malas intenciones presentarle como el hombre-estuche, genuina encarnación del espíritu y de las tendencias de su colosal país, así el autor del terrible y sarcástico librito inglés Abounding America, en donde se analiza a un Roosevelt polifacial y multiactivo, político, cazador, literato, militar, universitario, ranchero, orador, diplomático, cowboy, pacificador, periodista, sportsman, conferencista, y otras tantas cosas para las cuales sería preciso enumerar el modo del boyante cura de Meudon.
Lo único que no ha llenado por completo el gusto del buen pueblo de París es no haber podido gritar ¡Vive le roi! o ¡Vive l'empereur!, al paso del automóvil del americano, que saludó en la estación al embajador Bacon, ante la gravedad del protocolo, de esta sabrosa manera: ¡Hallo, Bob! Sin embargo, se sabe vagamente que es un rey, a su manera, que hay en él carne de emperador y que es un gran admirador del Bonaparte que duerme «a la orilla del Sena». Es un personaje, sobre todo, pas ordinaire. Y con esto París está encantado. París, digo, el buen pueblo de París, no sabe gran cosa de los Estados Unidos. Pero sabe de los dólares y de las casas de cuarenta pisos; ha conocido a Búffalo Bill y a Bostck, y ha oído en plena plaza de la Opera, en ocasión memorable, tocar marchas y danzas a la banda de Sousa, «Sousa's Band». Sabe que los Estados Unidos tienen mucho dinero y que cada año viene a esta capital del placer un grupo de paseantes que deja un buen por qué de millones. Y todo eso le parece excelente.
El jovial Nemrod ha tenido una buena prensa, sin faltar quienes le hayan hecho notar la inmensa distancia que hay entre el «americanismo» y el verdadero espíritu francés. Ciertamente, dicen unos, el personaje es quizá un peu trop poussé, trop «marqué», comme on dit et l'on a pu sourire de cet américanisme qui touche par tant de côtés au bluff, mais que cependant a une parenté qu'il faut retenir avec l'énergie individuelle. Levasseur encuentra en él «un hombre en toda la fuerza del término y un carácter supereminente». Ve al hombre de acción; pero hace la reserva de que «tal vez Mr. Roosevelt—que ha predicado la acción y la elocuencia—ha comprendido menos el carácter de otra clase de hombres de acción, muy numerosos en Francia y mucho más raros en los Estados Unidos, que obran no menos enérgicamente que aquellos cuyo prototipo es él, pero en el silencio del gabinete y en la calma de los estudios abstractos». Y el sabio francés, a propósito de las censuras de Roosevelt contra la causa de la despoblación, observa que «la gran república de los Estados Unidos, por lo menos los estados del Este, y en particular el de Massachusetts, no están menos contagiados de semejante mal». De todas maneras, Roosevelt no es un moralista para esta o aquella nación, sino para todas las naciones, y hay que agradecer «a ese gran ciudadano, el haber consagrado algo de su tiempo a esa apología de la honradez, de la energía y de la labor incansable». El presidente Fallières, por su parte, expresa que Roosevelt es a la vez un gran ciudadano, un grande amigo de Francia y un grande amigo de la paz. Esto le sentará muy bien al antiguo roughrider que cobró el premio Nobel por hacerse bajo sus auspicios el arreglo ruso-japonés.
Y Pichon, que hoy maneja las relaciones exteriores, manifiesta que «los caracteres dominantes en esa curiosa fisonomía le parecen ser la voluntad, la energía, el valor y la sinceridad». ¡Buen bagaje, vive Dios! Roosevelt se le aparece «como un hombre sin miedo que no consulta más que a su conciencia y sacrifica voluntariamente a las inspiraciones que recibe, las consecuencias que pueden producir sus actos, sea en lo que le concierne, sea en lo que concierne a los demás. En su concepción de una vida sana, honrada y robusta, tal como a menudo la ha definido, se ha propuesto mejorar las costumbres y elevar el sentido moral en su país. Ha querido para los Estados Unidos una gran fuerza material, porque sabe bien que es el mejor medio de ponerse al abrigo de complicaciones y de conflictos. A él le debe su país poseer una admirable y poderosa marina que ha llegado a ser la institución más popular de la república, siendo tan atacada y negada cuando llegó al poder». Y agrega: «Así es como este «pacifista» se dedica a servir la causa de la paz, en la cual ha dado pruebas que nosotros los franceses debemos recordar más que nadie. Pues Mr. Roosevelt es un amigo seguro y fiel de la Francia. Nos ha probado su amistad en toda circunstancia con un perfecto desinterés. Ha obrado como hombre de estado que comprende que las dos grandes repúblicas se deben apoyar entre ellas, puesto que obedecen a los mismos principios, prosiguen la misma obra y tienen el mismo ideal.
Él ha encontrado muy natural que en caso de dificultades le tendiesen una mano amiga. Hoy es a un amigo a quien recibimos, un amigo sincero, justo y tenaz, justum et tenacem. Honrémosle. Amén». Así se ha hecho. Y no ha dado Roosevelt un paso que no haya sido anotado por las gacetas, aun aquellas que han querido emplear, inútilmente por cierto, su ironía bulevardera, que no ha pasado de seguro sin ser notada por el hipopotamicida y rinoceroctono.
¿Sobre qué les viene a hablar el gran yanqui en la vieja Sorbona a los atenienses del siglo XX? Pericles hubiera aprobado, sobre «los deberes de un ciudadano en una república». He aquí al hombre de la strenuous life enseñando en Lutecia los deberes, como él los entiende para con la Patria. Se le aplaude, se le celebra. Y si hay quien recuerde lo del big stick, es para explicar que, como sucede con muchas frases, se ha cambiado en el público el sentido, y se ha tomado una cosa por otra. Y se explica: de tanto hablar del big stick se ha llegado a hacer creer a muchas gentes, y no de las de poco más o menos, que por el más ligero pecadillo, el primo Jonathan aplicaría a las naciones una paliza. Nada más contrario a la verdad. La frase que ha causado tanto ruido, sobre todo, et pour cause, entre los países hispano-parlantes, es ésta: «Un viejo refrán familiar dice: habla con tono conciliador y lleva un fuerte bastón; así irás lejos». Si la nación americana quiere hablar en un tono conciliador y al mismo tiempo quiere resolverse a construir y mantener en un alto grado de entrenamiento una marina poderosa, la doctrina de Monroe irá lejos. La frase de Roosevelt no es, pues, sino viejo decir latino arreglado a su manera: Suavite in modo fortiter in re.
Nada más distinto que el alma francesa del alma americana. Al hablar ante la parisiense, el norteamericano se quiso poner un diapasón lo más cercano posible. El demócrata, perogrullando un poco, dijo muchas cosas doctrinarias y no pocas utópicas. El pacifista afirmó la necesidad de la guerra en ciertos casos; Francia fué, y no podía ser de otro modo, cubierta de flores. Míster Barrett Wendell debe sentirse gozoso en su cátedra de Harvard. Solamente, que hay que tener hijos. «No tener hijos, si ello es por cálculo o por egoísmo, constituye una falta capital. La riqueza de una nación no puede compensar la pérdida de sus virtudes fundamentales y el poder de la raza, de perpetuar en su raza, es una de las más grandes virtudes fundamentales». El discurso fué largo, vigoroso, bien gesteado y dicho, en fin, de una manera que no se ha usado nunca en el vetusto Instituto. El ex presidente no tiene nada que ver con esa cosa tan francesa que aquí se llama buen gusto. Ni le hace falta. Él es una fuerza de la Naturaleza. Y luego, aquí se conocía, al menos por algunos, la frase de John Morley: «He visto en los Estados Unidos dos prodigiosas fuerzas naturales: la catarata del Niágara y el presidente Roosevelt. No sé cuál de los dos es más fuerte.» Como sabéis, John Morley no es nativo de Andalucía.
¿Qué le van a hacer a esa potencia elemental, a esa fuerza de la Naturaleza, a ese beluario que se las ha visto con leones, elefantes y rinocerontes en África y con Rockefellers, Goulds y otras fieras de oro en su tierra; qué le van a hacer, digo, las finas y bonitas saetas de estos ironistas profesionales? ¿Qué le importa a él que M. J. Ernest-Charles le comente en estilo acidulado, le parodie o le señale contradicciones en su conferencia? Él sabe que aquí cuenta con admiradores de fuste, aun entre los hombres de letras, como el incontenible y ciclónico M. Paul Adam, como M. Jean Izouret, como otros cuantos americanizantes o americanizados. Alguien demuestra en un diario que en su libro sobre Cromwell, Roosevelt está contra Bossuet. Se puede apostar, asegura ese alguien, que si alguna vez recibiera monseñor Merry del Val en el Vaticano a Teodoro Roosevelt, el libro de éste sobre Oliverio Cromwell no sería el tema principal y aun accesorio de la conversación. ¡Ya lo creo! Como también puede afirmarse que una tercera parte del entusiasmo oficial en París ha sido causada por la negativa del Vaticano a la ya famosa y frustrada visita.