Los franceses han apreciado en su verdadero valor, algunos de los principios rooseveltianos, y sobre todo éste: El hombre, el ciudadano, como la Nación, lo primero a que debe dedicarse es a hacer dinero. Una vez hecho el dinero, puede hacer lo que le venga en deseo. Y después, la declaración contra los pocos audaces: «Nada se puede sacar de ese tipo de ciudadano, del cual lo mejor que se puede decir es que es inofensivo. No hay casi lugar en la vida activa para el buen hombre tímido». Como aquí abunda mucho el tipo, como en todos los países llamados latinos, el arranque ha caído bien. Un periodista explicará que no se trata de una timidez puramente exterior, sino de esa falta íntima de confianza que vuelve a las gentes indecisas, débiles y prepara todas las derrotas. «Esta manera de neurastenia moral se encuentra mucho en progresión en la sociedad moderna; y sobre todo, preciso es reconocerlo, en Francia». Habráse sacado así práctico provecho de la conferencia. Banquetes y banquetes, recepciones y recepciones, hoy en el Elysée, mañana en el Quai d'Orsay, pasado mañana en el Palacio de Justicia y honores de soberano. Una delegación en que hay un ex presidente del Consejo, ministros, diplomáticos, estadistas, llega a propósito de la cacareada e imposible idea del desarme a pedir a Roosevelt su intervención, de tal manera, que ese varón listo tiene que recordar a esos señores importantes que él es un simple particular y que no puede tomar en tal sentido ninguna iniciativa ante ningún Gobierno. ¿Qué dirá de todo esto Mr. Taft, cuyos comentados twosteps y zapatetas no pudieron hacer el menor contrapeso a las formidables performances de Teddy?

Este superhombre que está aplastando en París, por ahora, a D'Annunzio y a Rostand, se conmovió ante la tumba de Napoleón. Tuvo en sus manos el petit chapeau, la espada. Declaró su admiración fervorosa por el Héroe, con quien se le compara jovialmente en los Estados Unidos, donde se habla de la vuelta de la isla de Elba.

Y apenas ha habido aquí en los periódicos espacio para hablar de otra gloria yanqui, que acaba de desaparecer: Mark Twain.

El fin del mundo.

I

En Tolosa de Francia vivía hasta hace poco tiempo, o vive aún, si es cierto que tenía el don de profecía, un viejo abate de familia noble y con títulos que él mismo ostentaba con ingenua vanagloria, sobrino de un mártir, nieto del comandante del Ejército real victorioso del año VII, descendiente directo de los antiguos condes de Noé. Llamábase, o llámase, Gabriel María Eugenio de la Tour de Noé, «sacerdote de edad de ochenta y seis años cumplidos, presbítero auxiliar de la iglesia de San Jerónimo de Tolosa desde hace cuarenta y cuatro años justos», agregaba en 1904. Amable y venerable coquetería, en quien durante todo ese transcurso acompañó al cementerio a todos los muertos tolosanos en su calidad de aumônier.

Este hombre venerable, tan frecuentador de los difuntos, tuvo desde hace más de cuarenta años la idea de calcular, pensando en la «Profecía de los papas», de San Malaquías, la fecha más o menos aproximada del fin del mundo. Lo hizo en un libro en que la señalaba para el año 1953. No me negaréis que el cometa de Halley y compañeros dan una resaltante actualidad a dicho libro.

¿Quién fué este inquietante profeta San Malaquías? Estoy muy seguro de que la mayoría de los lectores de La Nación no tienen ninguna noticia de él ni de sus vaticinios. Fué un irlandés de Armagh, que nació en 1094, y tuvo gran fama por su intimidad con San Bernardo, su vida ejemplar y los prodigios que realizó. Clemente III le canonizó medio siglo después de su muerte, acaecida en la abadía de Clairbaux, a los cincuenta y cuatro años, el 2 de Noviembre de 1148. Advertid lo curioso y fatal de esa fecha de difuntos.

Puesto que ya sabéis quién fué el profeta, bien está que conozcáis la profecía. Ésta consta de 112 lemas latinos, que caracterizan alegóricamente a los 112 papas, desde Celestino II hasta Pedro II, que será el último Pontífice de Roma. ¿Cómo calcula el abate de Noé? He aquí su principal argumento. Siendo el papado inmortal, y concluyendo éste con Pedro II, es, pues, innegable que con el último papa la Humanidad acabará. Establecido este punto, dice un crítico suyo: