En el momento en que escribo estas líneas Francia se prepara a nombrar sus diputados, como sabéis, por un período de cuatro años. En todas las ciudades, en las más humildes aldeas de los campos más lejanos, los carteles electorales manchan los muros y los discursos de los candidatos desgranan sus rosarios de lugares comunes. Muy pronto el «pueblo soberano» designará por sus votos aquellos que deberán ejercer el mandato y conducir los destinos del país.
Podréis, pues, creer que en un momento tan crítico hay en la atmósfera francesa como un olor a pólvora; que al acercarse el instante de la lucha los batallones se estremecen de impaciencia: que la nación entera está sacudida por un estremecimiento de espera y en la angustia de lo que resultará. Así debería ser, pero no es así.
La vida nacional, lejos de estar suspensa o turbada, sigue su curso normal. Los hombres y las cosas guardan su calma y su serenidad ordinarias. ¿Es esto sangre fría, corrección o dignidad?
He interrogado sobre este punto a algunos franceses amigos míos, cuyo buen sentido y sinceridad conozco. Les he preguntado:
—¿Qué hará usted el próximo domingo 24 de abril?
—¿Lo que haré?—me contestó uno—Si el tiempo está bueno, iré a pasar el día por los alrededores de París: será mi fiesta de la primavera.
—El 24 de abril—me responde otro, con un aire cuidadoso y tocándose la frente con el índice—es probable que mi mujer dé a luz, a menos que se equivoque en su cálculos.
—El 24 de este mes—dice un tercero—alojaré y pasearé por la capital a toda una familia de parientes del campo que han creído darme un gran placer viniendo a visitarme.
Nadie me ha respondido: